Robin Goodfellow

 

 

 

EL MARXISMO

EN RESUMEN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la crítica al capitalismo a la sociedad sin clases

 

 

 

 

 

 

 

 

Date

 Marzo 2022

Auteur

Robin Goodfellow

Version

V 2.0

 

 


Tabla de contenido

1.         Prefacio. 4

2.         El desarrollo histórico del modo de producción capitalista. 7

2.1.      Condiciones de existencia del modo de producción capitalista. 7

2.2. Los grandes momentos del desarrollo capitalista. 10

2.3.      El maquinismo, la revolución industrial y el desarrollo de la productividad. 12

3.         Algunas nociones fundamentales de la teoría marxista. 15

3.1.      Definición de la mercancía. 15

3.2.      Valor de uso y valor de cambio. 15

3.3.      La fuerza de trabajo. 17

3.4.      La plusvalía o el plusvalor. 18

3.5.      El salario. 20

3.6.      Los elementos que componen el capital 21

3.7.      Plusvalía absoluta y plusvalía relativa. 23

3.8.      Trabajo productivo y trabajo improductivo. 24

3.9.      Subordinación formal y subordinación real del trabajo al capital 26

3.10.    Tasa de plusvalía, tasa de ganancia y baja tendencial de la tasa de ganancia. 29

3.11.    El ciclo de la acumulación. 31

3.12.    Relación económica y relación de explotación. 34

3.13.    Ganancia y superganancias. 35

3.14.    Capital ficticio. 36

4.         Dinámica del capitalismo y clases sociales. 38

4.1.      El descubrimiento de las mistificaciones capitalistas. 38

4.2.      Evolución de las clases sociales. 38

4.3.      Antiguas y nuevas clases medias. 41

4.4.      El papel de las clases medias modernas. 43

4.5.      Clase capitalista y propiedad de la tierra. 44

4.6.      Concentración y centralización del capital 45

4.7.      Acumulación y crisis. 47

5.         Hacia la sociedad sin clases. 50

5.1.      El proletariado y su enajenación. 51

5.2.      Después del modo de producción capitalista… el comunismo. 55

5.3.      Las condiciones de la ruptura revolucionaria. 58

6.         Conclusión. 62

Discurso de Louveira. 64

Introducción. 65

Texto del discurso. 66

 

 

 


 

1.         Prefacio

 

Tras la derrota de las grandes luchas proletarias internacionales de los años veinte del siglo XX se inició la contrarrevolución más prolongada de la historia, que contribuyó a oscurecer, incluso para los militantes, los fundamentos de la teoría revolucionaria. El marxismo ha sido desfigurado por el estalinismo, la socialdemocracia, el izquierdismo y los representantes de la burguesía; todas esas falsas interpretaciones nada tienen que ver con la teoría marxista científica original, que surgió a mediados de los años 1840 como una potente crítica de la sociedad burguesa; como un Programa Comunista científico que expone el curso y los límites históricos del capitalismo, y que además anticipa el fin de las sociedades de clases.

 

A raíz de la crisis del 2008-2010 que sacudió a la economía capitalista mundial, una parte de la prensa burguesa internacional creyó oportuno “quitarse el sombrero” ante Marx para saludar al “visionario”, que anticipó los “obstáculos” del capitalismo. Pero, hizo a un lado al revolucionario que demostró la existencia del vínculo interno entre las crisis de sobreproducción y la necesidad de la superación del modo capitalista de producción.

 

Nosotros defendemos la naturaleza revolucionaria del Marxismo, al margen y en contra de todo tipo de “reconocimiento oficial y académico”. Nosotros adoptamos el punto de vista del proletariado, defendemos su programa histórico; y lo llamamos a constituirse en un partido político independiente distinto y opuesto a otros partidos, para conquistar el poder político e instaurar una sociedad sin clases sociales, sin Estado, sin trabajo asalariado, sin dinero y sin categorías mercantiles.

 

Esta pequeña obra resume lo esencial de la crítica de la economía política comunista, y trata de dar a todos aquellos que buscan una crítica radical de la sociedad actual una visión sintética de la coherencia y de la fuerza de la teoría revolucionaria.  Además, busca demostrar que el futuro comunista no es un ideal ni un simple deseo o una utopía, sino que es el producto necesario del mismo desarrollo de la sociedad burguesa, que está fundada en la explotación del proletariado (la clase productiva).

 

El socialismo es una ciencia que debe de ser estudiada como tal, por lo que la única escuela donde puede ser comprendido, transmitido y desarrollado es en el seno del partido proletario en el sentido histórico. Los autores de esta obra nos reivindicamos íntegramente de la tradición del comunismo y no reconocemos las críticas realizadas al marxismo por los sabios burgueses, los reformistas, los economistas y los profesores universitarios, y no estamos de acuerdo con las “modernizaciones” o actualizaciones realizadas por ellos.  Buscamos dirigimos a una clase en lucha, que por instinto sabe lo que representa la explotación y que busca darse instrumentos teóricos sólidos para afrontar los combates del mañana.

 

Hemos ensayado el difícil ejercicio de “divulgar” un pensamiento científico complejo. El socialismo revolucionario es científico en el sentido de que ofrece una explicación de la realidad, y militante en el sentido de que defiende apasionadamente la necesidad de la revolución. En ciertos casos, el vocabulario de ayer puede ser un obstáculo para la comprensión de los fenómenos que aquí se describen; así, por ejemplo, en la expresión “fuerza de trabajo[1]” la palabra “fuerza” remite a la física del siglo XIX[2], y describe lo que la física moderna llama hoy en día potencia[3]. Aunque hemos conservado este concepto, que lo podemos traducir como capacidad de trabajo[4] (como lo hacía Marx) o trabajo potencial[5], en los términos actuales. Con la “vulgarización” se corre el riesgo de transformar demostraciones complejas y ciertos conceptos o fenómenos en simplificaciones excesivas.

 

El lector que desee profundizar algunos aspectos de este libro puede dirigirse a nuestros textos más teóricos que están disponibles en nuestra página www.robingoodfellow.info en múltiples lenguas, además de consultar las obras originales. En nuestros días, existen numerosas direcciones en el Internet que facilitan el acceso (no siempre en las mejores traducciones) a esas obras.

 

Para hacer más legible nuestro texto, hemos decidido limitar al mínimo el uso de las citas de Marx y Engels, aunque haremos algunas excepciones cuando así lo requiera la claridad.

 

El marxismo es una ciencia, es una teoría viva cuyos conceptos resisten perfectamente la complejidad del mundo contemporáneo (mientras que la economía vulgar burguesa, su filosofía y su sociología por el contrario son cada vez más estúpidas). Aunque, ello no impide que hoy en día sea necesario hacer un esfuerzo considerable para profundizar la teoría, afinar sus conceptos y aplicarlos a los fenómenos del modo de producción capitalista actual en el marco general programático definido por ella. Por esto, es más actual que nunca la consigna de Lenin: ¡Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario! 

 

Sao Paulo y París, julio de 2013

 

2.         El desarrollo histórico del modo de producción capitalista

 

Después de la segunda guerra mundial la economía capitalista Occidental tuvo un desarrollo sin precedentes, se atenuaron las crisis, se hundieron los falsos países comunistas del Este, se desarrollaron nuevos países capitalistas en todos los continentes. Y se profundizo la interminable contrarrevolución que dominó desde los años veinte; con lo cual se redujo a casi nada la influencia del comunismo revolucionario y se ha hecho creer que el sistema capitalista es eterno…No cabe duda, de que, para los gobernantes, los economistas, los periodistas y otros representantes de la burguesía no puede haber nada fuera del capitalismo. La economía (capitalista, se sobreentiende) parece ser tan natural como el aire que respiramos; parece incluso imposible imaginar que una sociedad pueda trabajar, vivir, reproducirse y desarrollarse sin la existencia de categorías como el dinero, el mercado, el salario y que se pueda vivir sin que los productos del trabajo sean mercancías.

 

Sin embargo, todas esas categorías[6]  no son eternas, son históricas, y el marxismo ha demostrado que son trabas para el desarrollo de la sociedad. Para desarrollarse, el capital transformó fundamentalmente las relaciones de producción entre los hombres, los modos de producción y creó las condiciones de su propio desarrollo de manera no pacífica y mucho menos…. idílica.

2.1.         Condiciones de existencia del modo de producción capitalista

 

Marx se burla de los economistas burgueses que imaginan una fábula virtuosa para explicar los orígenes de las fortunas y de las primeras bases del capitalismo mercantil. Según ellos, las fortunas serían el fruto del ahorro pacientemente acumulado por generaciones de capitalistas honrados e industriosos; mientras que los flojos y los incompetentes sin recursos están obligados a vender sus brazos. Mas, sin embargo, no es así como la historia ha generado las dos condiciones básicas de la explotación capitalista: la existencia del proletariado es decir una masa de brazos sans feu ni lieu [7] y una clase de capitalistas que les paga un salario, y monopoliza el dinero, los medios de producción y de subsistencia; condiciones que son el producto de la expropiación, de la intervención del Estado y de las legislaciones sangrientas para disciplinar y dominar al proletariado naciente a través de la rapiña, el robo, el saqueo, el asesinato, la trata de esclavos, el trabajo forzoso, y otras formas de violencia. Y también de la deuda pública, de las exacciones impositivas, de las guerras comerciales, y del proteccionismo.

 

Desarrollo del proletariado

 

La estructura económica capitalista surgió de la disolución de la sociedad feudal. Era necesario un trabajador libre, capaz de disponer de su propia persona, liberado de la servidumbre y del control de las corporaciones.

 

La creación del proletariado coincide con la concentración, en un polo de la sociedad, de una masa de hombres libres. Hay que entender que son “libres” para vender su capacidad de trabajo a los poseedores del capital, dado que es necesaria una clase que sólo posea “su trabajo en estado de potencia” y tenga frente a si los medios necesarios para la actividad laboral: los instrumentos, las materias primas y el lugar de trabajo. Contrariamente al artesano, que es propietario de sus instrumentos y realiza el mismo el trabajo, el proletario no puede realizar nada puesto que se encuentra “desnudo” frente al capitalista; dado que es producto de la separación radical del productor directo respecto de los medios de producción, separación que se profundiza con el desarrollo del modo de producción capitalista.

 

En Inglaterra bajo el feudalismo, por ejemplo, una parte de las tierras llamadas comunales no pertenecían a los señores, sino que permanecían como propiedad del pueblo, de los aldeanos. Ahí podían pastar libremente los animales que les pertenecían o podían cultivar parcelas, sin que hubiera una apropiación privada de estas tierras por parte de alguno de los aldeanos que disfrutaba de ellas (no predominaba la propiedad privada). En el siglo XVII, el movimiento llamado de los enclosures (cercado de las tierras comunales) fue impulsado por el Estado, por medio de leyes votadas por el parlamento, que promovían la expropiación de una parte del campesinado, que quedó “libre” para venderse al capital.

 

En el capítulo XXV del libro I de El capital, sobre La teoría moderna de la colonización[8], Marx estudia el modo particular de expansión del Modo Capitalista de Producción (MCP) hacia sus colonias, y demuestra que la especificidad del capital reside en disponer de una gran masa de proletarios desposeídos, y no sólo de medios de producción, como tales. Dicho de otro modo, para que haya producción de plusvalía sólo debe existir una masa de proletarios totalmente desposeída frente al capital.

 

Mientras los economistas burgueses reconstruyen de manera idílica el pasado para explicar cómo nace la sociedad moderna, Marx se enfoca en los lugares donde la génesis de las relaciones capitalistas puede observarse de manera descarnada: las colonias. Aquí el productor se halla aún en posesión de los medios de producción y de la tierra, aunque en Inglaterra (la metrópoli) ya habían desaparecido muchos siglos antes. De modo que de acuerdo con Marx en las colonias se observa directamente, el “secreto de la economía política”, según el cual la relación capitalista producción no puede funcionar sin la expropiación del trabajador.

 

En Europa han sido utilizadas una serie de medidas coercitivas para crear y someter a una masa proletaria cuya existencia es necesaria para el desarrollo del modo de capitalista producción tales como la expropiación, el sometimiento de las masas a la disciplina del trabajo en las manufacturas, las legislaciones sobre los pobres de los siglos XVII y XVIII, los castigos a los vagabundos y otras medidas. La historia de su expropiación y sujeción para encarcelarlos en las manufacturas fue escrita con letras de fuego y sangre. Pero después a la revolución industrial, la expropiación de la inmensa mayoría de la población rural se profundizo, y se consumó la separación de la agricultura y la producción doméstica (hilado, tejido).

 

Génesis de la clase capitalista

El dinero y las mercancías deben de transformarse en capital para que el modo de producción capitalista se desarrolle. Lo que implica la reproducción de la relación entre una clase de trabajadores “libres” por un lado y por el otro del dinero, de los medios de producción y de subsistencia como propiedad del capitalista.

Aunque, por sí misma esta clase de trabajadores “libres” no garantiza per se la existencia de la clase capitalista, sino que la clase capitalista tiene diferentes orígenes. Su figura más antigua proviene del granjero capitalista que emerge progresivamente, como consecuencia de la revolución agrícola de finales del siglo XV y principios del XVI. Periodo en el cual se expande el mercado interno como consecuencia del incremento de la producción industrial, y se da también la génesis de una clase capitalista en esta esfera. Igualmente, esta clase proviene de los maestros de las corporaciones, de los artesanos o sea de los asalariados que se transforman en capitalista, y sobre todo nace de las formas de existencia del capital legadas por la Edad Media, el capital mercantil y el capital usurario. A partir de las cuales se acumuló una masa suficiente de dinero entre las manos de esos capitalistas susceptible de transformarse en capital industrial, por medio de la adquisición de los medios de producción y la contratación de la fuerza de trabajo libre como asalariados

 

A partir de estas “formas antediluvianas” del capital se desarrollaron las formas del capitalismo moderno. Originalmente, el capital mercantil cumplía con una función social central que consistía en desarrollar el intercambio. De manera que el poseedor del capital mercantil se convirtió en el intermediario que facilita el intercambio entre los diferentes productores. Por ejemplo, en lugar de que el productor de manzanas vaya a venderlas al mercado y compre seguidamente unos zapatos al productor de éstos (ya no estamos en el trueque, sino en un intercambio monetario), esta función la realiza el capital mercantil. Además, otra función del capital mercantil reside en la concentración de los medios de producción en lugares centrales, lo que favorece el aumento de la productividad del trabajo. De manera que el capital comienza por el intercambio antes de socializar al trabajo.

 

Así desde un principio, el funcionamiento de la economía capitalista no es posible ni explicable sin la existencia de una relación de dominación entre dos clases antagónicas, el capitalista y el proletariado (clase explotada).

 

Veamos brevemente cómo, a partir de este primer impulso, se desplegó el movimiento histórico del modo capitalista de producción.

 

2.2. Los grandes momentos del desarrollo capitalista

 

En el curso de su historia el capital se reproduce, se autovaloriza a partir de la adquisición de una fuerza de trabajo que es capaz de producir un valor excedentario mayor a su propio costo. En el segundo capítulo de esta obra, expondremos en detalle las claves de la explicación científica de Marx sobre la exacción de la plusvalía.

 

El capital en su devenir no cambia de naturaleza, sino por el contrario realiza de manera cada vez más eficiente su propia finalidad que reside en maximizar la producción de la plusvalía. Al hacerlo, la burguesía concentra, centraliza y expande los medios de producción, y acrecienta la fuerza productiva social del trabajo. Y una de las consecuencias de esto es la socialización de los medios de producción y de los productos del trabajo. Con lo cual, el modo capitalista de producción moderno abre la vía para el desarrollo ilimitado de la productividad del trabajo que entra en contradicción con los objetivos limitados del capital - la maximización de la plusvalía- y prepara las condiciones de existencia de una sociedad superior, que ya no descansa sobre la explotación del trabajo asalariado.

 

Marx distingue tres estadios, en este devenir, desde mediados del siglo XIV: la cooperación simple, la manufactura y la gran industria.

 

Desde sus orígenes, la producción capitalista presupone la explotación de una masa importante de obreros que trabajan simultáneamente en el mismo espacio, bajo el dominio del mismo capitalista individual para la producción de mercancías. Con ello, el proceso de trabajo amplía su volumen y produce productos en una escala cuantitativamente mayor. Pero, para su realización requiere de un monto previo del capital necesario para poder hacer frente al pago de los salarios y para la adquisición de los medios de producción.

 

Esta forma de organización del proceso de trabajo[9] le asegura al capitalista individual que la fuerza colectiva de trabajo, que coopera simultáneamente en un mismo espacio durante el proceso producción, tendrá una productividad acorde con la media social. Y además le garantiza el uso de las economías a escala suficientes para economizar sus gastos en medios de producción (construcción de edificios, por ejemplo). 

 

La cooperación simple constituye “el punto de partida de la producción capitalista”[10]  y es un rasgo característico de la infancia de la manufactura aun artesanal[11] y de la agricultura a gran escala. “En su figura simple (…) la cooperación coincide con la producción en gran escala, pero no constituye una forma fija y característica de una época particular de desarrollo del modo capitalista de producción” (Marx, 1975, p 407) pero reaparece a lo largo del desarrollo histórico de la producción capitalista. Por medio de la cooperación de las fuerzas de trabajo, emerge el trabajador colectivo que permite igualmente ampliar el espectro de los trabajos que pueden realizarse bajo la subordinación del capital (grandes obras de construcción, por ejemplo) y elevar así el grado de la productividad social.

 

Durante el período manufacturero propiamente dicho, que se extiende de mediados del siglo XVI al último tercio del siglo XVIII, se establece un nuevo tipo de cooperación que descansa sobre la división del trabajo. Hemos visto que la revolución agrícola de fines del siglo XV y principios del XVI favoreció la producción manufacturera, y que la era capitalista comienza verdaderamente cuando la manufactura deviene en la forma dominante del modo de producción capitalista. Sin entrar en el detalle de los diversos tipos de manufacturas, es necesario destacar que la especificidad de la división del trabajo, propia del período manufacturero, estriba en que el trabajador colectivo está conformado por la combinación de un gran número de obreros especializados. En la cual de manera simultánea se da una diferenciación y una especialización de los instrumentos de trabajo, esta división del trabajo tiende a parcelar las tareas, a crear una jerarquía entre obreros cualificados y peones, a reducir los gastos de educación y a mutilar por una especialización a ultranza al trabajador. En este caso el oficio sigue siendo la base de la manufactura y el punto de apoyo de la resistencia del proletariado. Con el despliegue de la producción manufacturera, la estrecha base técnica entro en contradicción con las necesidades de la producción capitalista y para superarla surgieron las máquinas.

 

 

2.3.        El maquinismo, la revolución industrial y el desarrollo de la productividad

 

En la sección cuarta de El capital, libro I, que trata de la producción de la plusvalía relativa, se destina un capítulo al desarrollo de las máquinas y de la producción mecánica (cap. XIII, “Maquinaria y gran industria”[12]). Marx comienza por recordar un punto fundamental del comunismo revolucionario: todo progreso de la fuerza productiva del trabajo es un progreso en la explotación de la fuerza de trabajo proletaria y en el refinamiento de esta explotación. Por consiguiente “la maquinaria […], al igual que cualquier otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo […] es, pues, un medio para producir plusvalía”.[13]

 

Los apologistas del progreso técnico deberán repasar esta lección: el progreso técnico se ha vuelto directamente contra el proletariado, es sinónimo de desarrollo de la producción de plusvalía relativa, de incremento de la explotación de la fuerza de trabajo, de valorización acrecentada del capital mediante el incremento de la plusvalía.

 

El socialismo ha retomado el concepto de revolución industrial para describir este momento (que se corresponde en Europa con el inicio de la gran industria en el siglo XVIII, después de la manufactura) donde la “producción mecánica” toma el relevo de la producción manual, en la que la herramienta es central. La herramienta, manejada con anterioridad por la mano del hombre, se convierte en un componente de la máquina-herramienta, el obrero que antes se servía de la herramienta ahora sirve a la máquina. Mientras la producción seguía basada en la utilización manual de herramientas, incluso en la producción reorganizada bajo la manufactura, existían límites al incremento de la productividad del trabajo que la máquina supera y abre la perspectiva de un desarrollo ilimitado de la productividad del trabajo.

 

La revolución industrial no se traduce en la creación de máquinas que son la prolongación de la máquina, sino por la eliminación del hombre del proceso productivo. Este fenómeno abre perspectivas grandiosas al desarrollo de la productividad del trabajo. Por una parte, el número de herramientas que funcionan simultáneamente puede ser multiplicado; por otra, la velocidad de ejecución aumenta. El maquinismo se va apoderando de todas las ramas de la producción que se entrelazan como fases de un proceso conjunto. El progreso de una rama conlleva también al de otras; así, por ejemplo, el desarrollo de la esfera del tejido y del hilado en gran escala exige progresos en la industria química para producir los tintes, y así sucesivamente. El modo de producción capitalista contribuye así a unificar todas las actividades humanas y a constituir un “sistema de metabolismo social universal” (Marx). Al unificar el tejido industrial asociando todas las ramas de la producción y al desarrollar así de manera considerable la productividad del trabajo, el capital crea las condiciones materiales y las condiciones de posibilidad para la existencia de una sociedad donde la producción colectiva, social, permitirá el libre desarrollo individual.

 

Pero esta lógica propia del desarrollo técnico no sólo debe ser estudiada desde el punto de vista interno de la máquina, y ni mucho menos como un movimiento ajeno a la forma social en la cual se inscribe. Sino que, por el contrario, este movimiento de unificación de las técnicas, impulsado por el movimiento de valorización del capital, debe ser analizado por sus efectos sociales sustantivos sobre el desarrollo de la humanidad, que provocan la unificación de la clase productiva, es decir del proletariado.

 

Es por ello por lo que el socialismo habla especialmente de revolución industrial al referirse al fenómeno del maquinismo. En el sentido de que no se trata en si misma de la simple evolución tecnológica, o del despliegue de una serie sucesiva de nuevas invenciones que transcurren en el curso de la historia de la humanidad. Sino que, de acuerdo con la perspectiva Marxista, la maquinaria establece las bases materiales del comunismo al permitir el desarrollo ilimitado de la productividad y la reducción permanente del tiempo de trabajo necesario; con lo cual establece así las bases materiales de una sociedad de abundancia. Pero… ¡esto no es todo! El maquinismo induce un proceso de trabajo específico del modo de producción capitalista y crea de manera permanente el trabajo social asociado. Crea a la clase de productores asociados que necesita liberarse de la dictadura del capital para poder desplegar el potencial del maquinismo a fin de alcanzar un grado más elevado de la fuerza productiva del trabajo.

Potencialmente, en su propio concepto, la revolución industrial abre la perspectiva de una sociedad sin clases, la sociedad comunista. Con la revolución industrial, la burguesía pone en marcha el despliegue ilimitado de las fuerzas productivas que entran en conflicto periódico con el fin exclusivo y limitado de la producción capitalista: la maximización de la plusvalía. Este conflicto entre la tendencia al desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas y las limitadas relaciones de producción propias del modo de producción capitalista se traduce en las crisis generales de sobreproducción - crisis catastróficas en el sentido de que la sociedad, por razones sociales, es devastada como en las catástrofes naturales - que recuerdan periódicamente que ha llegado el tiempo de una nueva sociedad. Estas crisis tienden a ser cada vez más vastas y conducen al colapso violento del capitalismo.

 

A lo largo de la historia, el desarrollo de la humanidad ha transcurrido de manera contradictoria, a través de las sociedades de clases, de los enfrentamientos y de las contradicciones diversas. Durante todo este proceso, la cuestión de la productividad social es esencial. Mientras que la especie humana consagre una parte predominante de su tiempo a asegurar su subsistencia, no puede plantearse la posibilidad del socialismo, a pesar de que la idea de una sociedad igualitaria tiene sus orígenes lejanos en la historia, en la forma de movimientos milenaristas y utopías religiosas. El modo de producción capitalista es el primero en el curso de la historia en el que la productividad se desarrolla sobre una base social tal que permite vislumbrar la satisfacción de las necesidades sociales más allá de la simple reproducción de la especie.

 

3.        Algunas nociones fundamentales de la teoría marxista

3.1.         Definición de la mercancía

 

Se define como mercancía a todo objeto material, o servicio, producido con el fin de ser intercambiado. La mercancía no ha existido siempre, las tribus indias de América del Norte, por ejemplo, no conocían la mercancía antes de la llegada de los colonos europeos, y los objetos eran producidos y consumidos colectivamente. Y las sociedades que existieron entre las primeras apariciones de la mercancía y la actual, sólo fueron parcialmente mercantiles sólo en ciertas de sus actividades - cómo fue en la Edad Media en donde los aldeanos podían vivir de su propia producción -. Y sólo con el advenimiento del modo de producción capitalista se generaliza la producción de mercancías.

 

Hoy en día los objetos que utilizamos cotidianamente son mercancías, ya se trate de cosas tangibles como nuestra comida, vestidos, muebles, o servicios como los transportes o ciertos ocios. Sin embargo, no hay que olvidar que la mercancía no concierne únicamente al consumo individual, dado que las máquinas, las materias primas, los locales de trabajo, las herramientas de trabajo y particularmente la fuerza de trabajo del asalariado son también mercancías. Es el modo en que se consumen lo que difiere. Marx habla de consumo productivo para las mercancías que son consumidas en el proceso de producción.

3.2.        Valor de uso y valor de cambio

 

Todas las mercancías tienen una utilidad para aquellos que las compran es decir tienen un valor de uso, también puede discutirse sobre la utilidad social de ciertos objetos o gadgets, pero esta cuestión no se abordara por el momento. El valor de uso de un objeto, de una mercancía, es la cualidad para la que me sirve y deseo poseerla. Hasta ahí, esta noción es perfectamente comprensible para todo el mundo. Sin embargo cabe preguntarse por qué se llaman mercancías a objetos con valores de uso tan diferentes  como: un kilo de manzanas, un DVD, un litro de gasolina, una llave de tuercas, una máquina de escribir, una tonelada de cobre, una pantalla de computadora, una hora de llamada telefónica, una camisa…; o también por qué con 50 euros puedo comprar un horno de microondas, diez docenas de ostras, cincuenta kilos de clavos, dos martillos, diez paquetes de papel, un par de zapatos, seis boletos de cine, tres horas de servicio de limpieza, etcétera.

La respuesta reside en el hecho de que estos objetos (y servicios) poseen además de su valor de uso otra dimensión llamada valor de cambio. De manera que toda mercancía tiene pues una doble dimensión, ya que es a la vez un valor de uso y un valor de cambio. Su carácter de valor de cambio está ligado únicamente al hecho de que los objetos no son producidos en principio para la satisfacción de las necesidades sino para ser vendidos en el mercado. En la sociedad comunista, como en las primeras sociedades humanas, los objetos producidos tendrán siempre una utilidad, y no un valor de cambio, ya que se trata de una sociedad que no conoce la mercancía.

 

Pero ¿qué es lo que explica que cantidades de objetos diferentes posean el mismo valor de cambio y, por tanto, que se puedan intercambiar?

 

La respuesta es la siguiente: dos mercancías tienen el mismo valor porque contienen en su forma concreta la misma cantidad de una substancia invisible: el trabajo humano que es necesario para producirlas.

 

No se trata pues del trabajo concreto del sastre que ha hecho el vestido, del cultivador que ha cultivado las manzanas o del que ha producido el papel, se trata del trabajo humano como actividad general. El tiempo de trabajo objetivado para producir una mercancía es el que determina la magnitud del valor, del valor de cambio; las mercancías se intercambian entre ellas porque contienen la misma cantidad de trabajo general, es decir representan la misma cantidad de trabajo, haciendo abstracción de sus formas concretas. Por lo que opondremos el trabajo concreto, productor de valores de uso, al trabajo general, abstracto, productor de valor de cambio.

 

Pero el trabajo contenido en las mercancías debe realizarse en las condiciones sociales medias existentes, las cuales evidentemente varían histórica y geográficamente en función de la evolución de las sociedades. Por lo tanto, cuando decimos que el tiempo de trabajo es la medida del valor contenido en las mercancías hablamos de un tiempo de trabajo socialmente necesario. En efecto, un carpintero amante del bricolaje que crea sus propios muebles no puede pretender que éstos se vendan en el mercado a un valor correspondiente al tiempo de trabajo que él ha invertido en elaborarlos. El valor de la mesa que ha construido se calcula sobre la base del tiempo de trabajo medio socialmente necesario para producir un nuevo ejemplar de esta. Nuestro artesano ha pasado un tiempo particular netamente superior para fabricar su producto. Por ejemplo, si una mesa de calidad comparable es vendida en la tienda por 200 pesos, que corresponden a tres horas de trabajo social, y nuestro hombre ha empleado nueve horas para producir la suya (incluidos sus materiales) no puede esperar venderla por encima de estos 200 pesos (y ciertamente no por los $600 que representarían su gasto de trabajo si fuera equivalente al trabajo valorado socialmente).

 

El doble carácter de la mercancía no aparece como algo evidente. La mercancía no deja ver de entrada que su valor está en proporción a la cantidad de trabajo humano socialmente necesario para su producción. Es más, su doble carácter aparece como algo natural donde el valor de cambio que contiene y que disimula relaciones sociales particulares se presenta como una propiedad natural; veremos más adelante la importancia de este carácter mistificador de la mercancía.

3.3.        La fuerza de trabajo

¿Por qué hablamos de fuerza de trabajo y no de trabajo?

 

Cuando un obrero fabrica alguna cosa reúne muchas materias primas u objetos, pero no tiene una caja marcada como “trabajo” que contenga la substancia “trabajo” y que se inyectaría en la producción. El trabajo no es una materia y no existe fuera de la fuerza capaz de producirlo, de la capacidad humana es decir de la fuerza muscular e intelectual que se moviliza para cumplir una tarea tal como recoger manzanas, ensamblar carrocerías de autos o calcular las estructuras de un puente.

 

En la sociedad burguesa existe una mercancía que posee un valor de uso específico que consiste en la capacidad de producir más valor del que es necesario para reproducirla. Esta mercancía es la fuerza de trabajo, es decir la capacidad propia del hombre de movilizar su potencia intelectual y física para efectuar las tareas productivas más variadas y, finalmente, transformar la naturaleza.

 

Así, lo que el capitalista compra al proletario no es su trabajo sino esta mercancía particular, su fuerza o capacidad de trabajo con el fin de consumirla en la medida en que su valor de uso consiste precisamente en producir un valor suplementario, un valor extra, una plusvalía, o plusvalor. Ninguna otra mercancía consumida durante el proceso de producción transfiere al producto un plusvalor, ni las materias primas, ni las herramientas, ni las máquinas.

 

La existencia de la relación de intercambio está determinada por la presencia de una relación histórica, en la que tenemos de un lado a los capitalistas, que poseen el monopolio del dinero y de los medios de producción y de subsistencia y, del otro a los proletarios[14], que han sido desposeídos de todo medio de producción y poseen únicamente su fuerza de trabajo que están obligados a cambiar por un salario. Esto no ha sido siempre así, como no lo era, por ejemplo, para los indios de las antiguas tribus o los galos, y no lo es aún para los productores directos (campesinos, artesanos, etcétera.)

 

¿Cómo se determina el valor de la fuerza de trabajo?

 

De la misma manera que todas las demás mercancías: por el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para reproducirla. Antes de ser capaz de efectuar un trabajo productivo, un individuo ha sido criado, educado, formado, además, todos los días debe comer, alojarse, vestirse, consumir electricidad, desplazarse… La suma de todas esas necesidades crea el monto global de lo que es necesario gastar para mantener viva esta fuerza de trabajo. Naturalmente, estas necesidades varían según los lugares y las épocas, las necesidades de ocio o de consumo de objetos de lujo o suntuarios puede variar a la baja o al alza.

 

Hay numerosos ejemplos en la historia en los que se han hecho cambiar los hábitos alimentarios de las masas para bajar el costo de su mantenimiento, como la introducción de papas o maíz o haciendo que los obreros ingleses beban té en lugar de leche.

 

Lo que hay que retener aquí es que la fuerza de trabajo es una mercancía y como toda mercancía, ella posee un valor de uso que consiste en la capacidad de producir mercancías y por tanto de ser fuente del valor y de plusvalía, y un valor de cambio que es determinado por la cantidad de trabajo medio socialmente necesario para reproducirla.

3.4.        La plusvalía o el plusvalor

¿Por qué decimos que la fuerza o capacidad de trabajo es una mercancía capaz de producir más valor del que cuesta a su propietario, el capitalista?

 

Como ya hemos visto, el valor de una mercancía no es otra cosa que el tiempo medio de trabajo necesario para su producción. Este trabajo incluye el que fue gastado en la producción de los medios de producción consumidos en la fabricación de esta mercancía y, por otro lado, el trabajo cristalizado en la jornada laboral, la cual incluye, además del tiempo de trabajo socialmente necesario para reproducir la fuerza de trabajo, el tiempo durante el cual el obrero es explotado por el capitalista. El capitalista paga el primero y se apropia el segundo, éste es lo que nombramos plusvalía o plusvalor y corresponde al trabajo no pagado suministrado por el obrero es decir el plustrabajo.

Por ejemplo, una capitalista que compra una jornada de trabajo de un proletario por 100 unidades monetarias tiene el derecho a hacerle trabajar siete, ocho, diez horas o más según la legislación en vigor. Por ejemplo, en México la jornada es de 48 horas semanales, en Brasil es de 44 horas semanales (40 horas de hecho en numerosas empresas), de 35 horas a la semana en Francia, de 40 horas a la semana en Estados Unidos y en Gran Bretaña entre 37 y 40 horas semanales. 

 

Supongamos que los elementos que hemos indicado más arriba como necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo representan el equivalente a una producción de dos horas; dicho de otro modo, que bastan dos horas de trabajo para que al capitalista le sea reembolsado su anticipo, ¿qué pasa después de la segunda hora de la jornada? ¿Le dice el capitalista al proletario: “Gracias, has trabajado bien, ¿ahora puedes ir a descansar”? ¡Evidentemente, no! El capitalista, con base en el contrato firmado por el obrero lo obligará a trabajar seis horas más, en el marco de una jornada de trabajo normal, legal.

 

¿Y qué son esas seis horas para nuestro capitalista? Pura bonificación, trabajo que no ha pagado, trabajo gratuito, lo que hemos definido como plustrabajo, tiempo durante el cual la plusvalía es producida.

 

Se ve ahí que las luchas por la reducción del tiempo de trabajo constituyen un componente importante de la relación de fuerzas entre la clase capitalista y el proletariado puesto que determinan el tiempo que puede ser destinado a la producción de plusvalía.

 

Se desprende de lo anterior una consecuencia importante, a saber, que incluso un capitalista respetuoso, que trata “bien” a sus obreros, que respeta los límites legales de la jornada de trabajo, que remunera de manera correcta la fuerza de trabajo, que es cercano a sus asalariados, incluso este capitalista, por virtuoso que sea, es un explotador puesto que se apropia de trabajo gratuito, que no ha pagado.

 

Ahí está la fuerza del marxismo, que no es una fuerza moral que se limitaría a la denuncia de las malas condiciones en que vive y trabaja el proletariado, sino una teoría cuya demostración tiene la fuerza de una verdad científica: la explotación es inherente a la relación social capitalista. Poco importa que el patrón sea “granuja” o no, hay que eliminarlo no como individuo, sino como representante de una relación social fundada en la explotación (y que ya ha cumplido su tiempo pues, como veremos, para Marx y Engels, el desarrollo de la productividad del trabajo ha convertido a la burguesía entera en algo inútil).

3.5.        El salario

Hemos visto que la fuerza de trabajo, como toda mercancía, tiene un valor, que está determinado por el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para su reproducción. Como toda mercancía, la fuerza de trabajo tiene también un precio que es la expresión monetaria concreta de su valor.

 

El valor de una mercancía se determina socialmente por la cantidad de trabajo que ella contiene, pero su precio de mercado está en función de la oferta y la demanda. Las mercancías son vendidas a un precio superior al valor si la demanda es fuerte, y por debajo de ella si es débil, se trata de oscilaciones en torno a un valor que está determinado por el tiempo de trabajo social medio necesario para producir esta mercancía. De hecho, la cuestión es más compleja. En efecto, en el marco del modo de producción capitalista, el precio de mercado de las mercancías no gravita en torno al valor sino en torno al precio de producción. El precio de producción es el precio que resulta de la igualación, de las tasas de ganancia, entre las grandes masas de capitales, pero a su vez estos precios de producción se rigen por el movimiento del valor. Durante las crisis, cuando la demanda solvente cae para todas las mercancías, existe una tendencia a una baja generalizada de los precios; es una de las formas de la desvalorización que sufre el capital en las crisis de superproducción.

 

Lo mismo ocurre con la mercancía fuerza de trabajo. Lo que el proletario negocia como salario, es el precio de su fuerza de trabajo. Hemos visto que el valor de ésta constituido por el tiempo de trabajo necesario para producirla y reconstituirla. Por ejemplo, un mayor tiempo de estudios, una calificación superior y un uso más extensivo de la fuerza de trabajo por el efecto de un alargamiento de la jornada de trabajo o un incremento de la intensidad del trabajo tienden a aumentar el valor de la fuerza de trabajo. Pero los movimientos relativos de la oferta y la demanda también causan la variación de los precios en torno a este valor medio. Si existe una cantidad limitada de obreros con la calificación requerida, su demanda se incrementará y, la fuerza de trabajo tenderá a venderse por encima de su valor, o sea, a un precio más elevado; si, por el contrario, hay obreros abundantes como en los períodos de desempleo, los salarios tenderán a bajar y la fuerza de trabajo se venderá a un precio inferior a su valor.

 

Marx demuestra que independientemente del desempleo provocado por las crisis, el capital mantiene un “ejército de industrial de reserva”, una población supernumeraria cuyo papel es el de mantener una presión constante a la baja sobre los salarios.

 

Para maximizar la producción de plusvalía, la clase capitalista trata de rebajar el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor y de reducir también este mismo valor. Por ejemplo, en el siglo XIX, los capitalistas británicos elogiaban la frugalidad del obrero francés, mal nutrido y por ello más barato. Ellos mismos trataban de reducir el valor de la fuerza de trabajo mediante la introducción de artículos más baratos en la alimentación. Marx escribía: “Hoy, gracias a la competencia del mercado mundial… el ideal actualmente acariciado por el capitalista inglés ya no son los salarios continentales sino los salarios chinos”. P. 536, n. 33.

3.6.        Los elementos que componen el capital

Las nociones a las que hemos hecho referencia más arriba: fuerza de trabajo, plusvalía, salario, son fundamentales para la crítica de la economía política, más sin embargo es necesario estudiar el movimiento del capital en su conjunto y las contradicciones que se manifiestan en él, para comprender por qué y de qué manera el sistema capitalista está históricamente condenado.

 

Para estar en condiciones de explotar la fuerza de trabajo y extraerle el máximo de plusvalor, el capitalista no sólo desembolsa el salario, sino que debe de disponer igualmente de medios de producción: máquinas, materias primas, energía, edificios y suelos, tierras en el caso de la agricultura…; es lo que Marx llama capital constante. Se llama constante porque sólo transfiere su valor al producto en el proceso de producción, mientras que la parte desembolsada para pagar los salarios se llama capital variable. Porque restituye un valor variable, que incrementa su magnitud inicial, pero esta parte del capital puede restituir un valor mayor únicamente porque se intercambia por la fuerza de trabajo, que es la única mercancía capaz de producir más valor de que ha costado.

 

Así, un producto mercantil que sale todos los días de una fábrica estará compuesto de:

 

 

Así el valor de la mercancía se reduce finalmente a la cantidad de trabajo que ella contiene, es decir, la cantidad de tiempo de trabajo que ha sido necesario para fabricarla, con todos estos componentes confundidos. La materia prima que fue transformada también ha sido producida por trabajo y ha adquirido así, en el modo de producción capitalista, un valor de cambio. Este valor (así como la fracción consumida del capital fijo) va a sumarse a aquélla que es creada en la producción de la nueva mercancía. Marx dice que el valor de este capital constante se transfiere al producto.

 

Una de las dificultades a las que se enfrenta el capitalismo, y que abordaremos en el capítulo siguiente al exponer el papel del maquinismo, reside en que para hacer más productivo el trabajo, el capitalismo tiene tendencia a aumentar la parte del capital constante en la producción, parte que no crea nuevo valor, sino que sólo transfiere el que ya existe.

 

La relación entre capital constante (c) y capital variable (v), que se expresa en la fórmula c/v representa lo que Marx llama la composición orgánica del capital. El hecho que esta composición orgánica se eleve –o sea que la masa del capital constante crece en importancia frente a la masa de los salarios movilizada para ponerla en marcha– constituye un factor de contradicción en la producción capitalista pues ésta tiene como único objetivo la plusvalía, la cual es producida por el trabajo vivo. Veremos más adelante las consecuencias que tiene esto sobre la tasa de ganancia y su evolución.

 

Pero ¿cuáles son los métodos que el capital puede emplear para impulsar cada vez más esta búsqueda de plusvalía?

 

Históricamente, Marx distingue dos métodos: la producción de plusvalía absoluta y la de plusvalía relativa. Estos dos tipos de plusvalía no son necesariamente antagónicos, pueden combinarse y también reforzarse una a otra. En todo caso, la plusvalía absoluta sólo puede existir si existe un suficiente grado de desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, y la plusvalía relativa si existe una duración suficiente de la jornada de trabajo. La evolución histórica de sus relaciones está determinada por el hecho de que la primera es la base de la segunda.

3.7.        Plusvalía absoluta y plusvalía relativa

En un primer tiempo, cuando el capital comienza a apoderarse de la producción a partir de la expropiación de los productores tradicionales (artesanos y campesinos –movimiento que estudiaremos más completamente en el tercer capítulo–) comienza por alargar la jornada de trabajo. El trabajo en las economías agrarias era ciertamente rudo y los años de malas cosechas difíciles, pero a pesar de que los campesinos pasaban mucho tiempo en los campos había también muchos tiempos muertos: pausas, desayunos, colaciones, trabajos de bricolaje en invierno… De alguna manera era un ritmo natural que dictaba la organización del trabajo y su desarrollo en el tiempo.

 

En la manufactura, que se desarrolla en Europa a partir del siglo XVI, este ritmo se modifica considerablemente, y lo será aún más con el paso a la gran industria a finales del siglo XVIII.

Una primera elevación de la productividad resulto de la concentración de numerosas fuerzas de trabajo en un mismo lugar. Esta productividad acrecentada hizo que la manufactura fuera más competitiva, aunque tan sólo retoma las técnicas existentes utilizadas por los artesanos, concentrándolas y racionalizando su uso. Más allá, el único medio de aumentar la parte del trabajo no pagado es alargando la jornada de trabajo.

 

A la plusvalía, el plusvalor que resulta de este alargamiento, Marx la llama plusvalía absoluta. Por ejemplo, si la jornada de trabajo es de 12 horas y 6 son las necesarias para reproducir el valor de la fuerza de trabajo (trabajo necesario), hay que alargar la jornada de trabajo de 12 a 14 horas si se quiere ganar dos horas más de plustrabajo. Ahí, tendremos pues 6 horas de trabajo necesario y 8 horas de plustrabajo. El tiempo de plustrabajo, o sea la plusvalía ha sido aumentada en un tercio sin tocar el tiempo de trabajo necesario, y, en las condiciones dadas, el desgaste suplementario de la fuerza de trabajo no es compensado.

 

Durante el período que precede la revolución industrial el capital no tiene otra opción que privilegiar esta forma de plusvalía. Pero sobre la base técnica limitada que prevalece en las manufacturas no es posible prolongar desmesuradamente el tiempo de trabajo. Además de los límites físicos, juegan igualmente los límites técnicos –por ejemplo, la ausencia de luz suficiente para trabajar de noche– y los límites culturales, los ritmos sociales y las costumbres que facilitan la resistencia a dicha prolongación.

 

Hay que esperar al maquinismo para que el capital pueda generalizar otros métodos para aumentar la cantidad de plusvalía. Al crear una base técnica que le es específica, con la máquina, al desplazar la mano de obra del proceso de producción, el capital, a partir de la gran industria, puede aumentar la cantidad de plusvalía producida mediante la reducción del valor de la fuerza de trabajo con el desarrollo de la productividad.

 

Marx llama plusvalía relativa a esta plusvalía que es obtenida ya no mediante el alargamiento de la duración absoluta del trabajo, sino disminuyendo el valor de la fuerza de trabajo o modificando la relación entre trabajo excedente y trabajo necesario, es decir las magnitudes relativas entre las dos partes de la jornada de trabajo, independientemente de la duración de ésta.

 

El trabajo necesario representa lo que es justamente necesario para que la fuerza de trabajo reproduzca su propio valor; más allá, produce plusvalía. Para permitir un aumento relativo de la parte destinada al plustrabajo sin prologar la duración del trabajo, es necesario que el tiempo invertido en la reproducción del valor de la fuerza de trabajo disminuya, o que el valor creado en el mismo tiempo de plustrabajo aumente sin que el valor (o el precio) de la fuerza de trabajo se incremente en la misma proporción.

 

Gracias a un aumento general de la productividad del trabajo, el capital puede disminuir el valor de las mercancías que entran en la reproducción del valor de la fuerza de trabajo; y por consiguiente lo mismo sucede con el tiempo necesario para reproducirla. Tomemos el caso precedente, en el que la jornada de trabajo es de 12 horas, con 6 de trabajo necesario y 6 de plustrabajo. Supongamos que el incremento general de la productividad del trabajo reduce la duración del trabajo necesario a 4 horas. El tiempo que se gasta en la producción de plusvalía será entonces de 8 horas en lugar de las 6 de antes. El capital habrá logrado incrementar en 33 % la masa de la plusvalía producida sin tocar el tiempo de trabajo total que constituye la jornada laboral.

 

Igualmente, al aumentar la intensidad del trabajo, el capital aumenta el valor creado en el mismo tiempo, y si el valor de la fuerza de trabajo (o su precio) sigue idéntico o no aumenta lo suficiente, la plusvalía se acrecienta.

3.8.        Trabajo productivo y trabajo improductivo

Marx distingue, como hicieron antes que él muchos economistas clásicos, como Adam Smith, el trabajo productivo y el trabajo improductivo. La definición del trabajo productivo en el marco de producción capitalista es muy clara: trabajo productivo es el que produce una plusvalía para el capital. Dicho de otro modo, la expresión “trabajo productivo” no significa un “trabajo que produce alguna cosa”; si así fuera cualquiera que hiciera bricolaje o un cocinero aficionado sería “productivos”, sino que sólo es productivo el trabajo productor de plusvalía.

 

Esta cuestión es crucial pues es toda la problemática de la explotación, de la definición de las clases y de la lucha de clases la que se dibuja en el fondo. El proletariado, clase productiva, es también, en el modo de producción capitalista, la única clase explotada. Al contrario, si existe un trabajo productivo, es que existe igualmente un trabajo y trabajadores improductivos. Cuando un trabajo no se intercambia por capital –es decir por dinero en funciones de capital variable– sino por renta no produce plusvalía, es trabajo improductivo. Por ejemplo, cuando el capitalista de una empresa que vende servicios de limpieza emplea diez asalariados que limpian los despachos de otra empresa nos hallamos ante un trabajo productivo, pero cuando este capitalista utiliza su propia renta –que entonces no es capital– para emplear una mujer para que haga la limpieza en su domicilio no emplea trabajo productivo puesto que, al consumirlo, este trabajo no produce ninguna plusvalía.

 

Así, uno de los primeros criterios que permiten determinar si un trabajo –y por tanto un trabajador o un grupo de ellos, puesto que la individualización de la cuestión tiene poco interés en sí– es productivo o improductivo consiste en verificar si se ha intercambiado por capital o por renta –como es el caso, por ejemplo, de todo el funcionariado–.

 

Pero el trabajo puede intercambiarse por capital y desde este punto de vista reportar una ganancia al capitalista sin ser por ello productivo, como es el caso de todos los trabajos de la esfera de la circulación (bancos, comercio, etc.) o de los gastos falsos de la producción (seguros, contabilidad). Por consiguiente, es productor de plusvalía, y por tanto productivo, el trabajo que se intercambia con capital en la esfera de la producción material.

De lo anterior, se desprende lo siguiente:

 

1º Si bien todo trabajador productivo es asalariado no todos los asalariados son trabajadores productivos. El marxismo muestra que, si el trabajo asalariado aumenta, la parte de éste integrada por el asalariado improductivo crece más rápido, lo que constituye la base material de la emergencia de las modernas clases medias, de las clases medias asalariadas. Las clases medias antiguas no provienen del modo de producción capitalista y tienden a desaparecer; por otra parte, si bien no producen plusvalía, sí pueden producir valor (por ejemplo, campesinos y artesanos).

 

2º El trabajo productivo no es asimilable al que produce un bien tangible, un objeto concreto.

 

3º El trabajo productivo no es asimilable al trabajo manual. El concepto de proletariado no corresponde exactamente a la categoría socio profesional “obrero”, o, dicho de otro modo, el concepto de clase obrera en Marx no se reduce a los trabajadores manuales. El mismo tipo de confusión existe cuando se asimila el capital industrial únicamente al sector industrial propiamente dicho. De hecho, tanto la agricultura campesina como los servicios pueden combinarse con el capital industrial y permitir la producción de plusvalía.

 

4º El trabajo productivo no es asimilable a la producción de objetos socialmente útiles. Los proletarios que producen armas u objetos de lujo producen plusvalía y son por tanto productivos. Igualmente, trabajo improductivo no significa inútil o socialmente nocivo. Por ejemplo, la sociedad comunista tendrá necesidad de una contabilidad social cuyo papel será tanto más importante cuanto que su coste relativo será mucho más bajo.

 

5º Es en vano individualizar el trabajo productivo. Marx muestra que lo que caracteriza desde su más tierna edad a la producción capitalista es la existencia de un trabajador colectivo (véase los capítulos del tomo I de El capital dedicados al análisis de la cooperación, la manufactura y la gran industria: XI-XIII) que opera en la producción material.

 

6º La clase media asalariada no se caracteriza por un nivel de salario intermedio entre los proletarios y los altos ejecutivos, como afirma la sociología burguesa. Las capas superiores del proletariado, o las fracciones más calificadas, pueden tener salarios superiores a muchos representantes de la clase media; lo que las diferencia es el carácter productivo o improductivo del trabajo y no el nivel del salario.

3.9.        Subordinación formal y subordinación real del trabajo al capital

En relación con el desarrollo (pero no sólo por eso) del modo de producción capitalista, Marx emplea los conceptos de subordinación formal y subordinación real del trabajo al capital. Por trabajo se entiende aquí el trabajo asalariado productivo; se trata pues del modo como el proletariado está sometido a la dominación del capital.

 

¿Qué significan estos términos un poco complejos y cuyo significado generalmente se falsifica?

Al principio, el capital tan sólo puede invertirse bajo las condiciones técnicas de producción que privan en la sociedad en una época dada. Cuando, el trabajo se ejecuta mayoritariamente por medio de herramientas y de la técnica tradicional que permanece sin cambios, como el torno para el hilado en el oficio de tejer, y las herramientas utilizadas en los oficios tradicionales (carpintería de obra, albañilería, carpintería, cerámica, zapatería…).

 

En ese caso, una de las funciones esenciales del capital es, en un primer momento, la de concentrar en un mismo lugar (taller artesanal, taller manufacturero y más tarde la fábrica) fuerzas de trabajo numerosas, ocasionando de hecho un aumento de la productividad general del trabajo (véase el capítulo XI, sobre la Cooperación del Tomo I de El Capital[15]) que sigue aumentando cuando entra en juego la división técnica del trabajo. Esta elevación del grado de productividad del trabajo, que se deriva de la cooperación simple y de la división del trabajo de la época manufacturera, permite aumentar la plusvalía absoluta, pero como el incremento de la productividad del trabajo es limitada, una vez instituidas estas formas de organización del trabajo el crecimiento de la plusvalía sólo es posible en forma de plusvalía relativa.

 

Globalmente, en esta primera fase, los procedimientos técnicos en vigor no son modificados fundamentalmente, dado que el proceso de trabajo y los procedimientos de fabricación permanecen idénticos, o próximos a los que existían en el artesanado precapitalista. Marx caracteriza a esta fase como subordinación (o subsunción) formal del trabajo al capital, o momento en cual la técnica del proceso de trabajo no cambia, pero está sometido al proceso de valoración del capital. Dicho de otro modo, la hiladora o el tejedor que trabajan con otros en el taller del capitalista ejecutan las mismas operaciones utilizando las mismas herramientas, pero su relación social con esta herramienta y con el producto de su trabajo ha cambiado. El proceso de trabajo heredado de las formas de producción anteriores a la producción capitalista está ahora sometido al capital y a su objetivo exclusivo de la maximización del plusvalor.

 

Con la subordinación formal del trabajo al capital crece la escala de la producción, un gran número de obreros se reúnen bajo el mando de un capitalista. Esta subordinación formal del trabajo al capital se corresponde con los orígenes del modo de producción capitalista y se da desde el momento en que los asalariados trabajan sobre la base de una tecnología precapitalista. La cooperación simple, y la época manufacturera, son propios de la subordinación formal del trabajo al capital pues a pesar de que su fin sea la maximización del plusvalor fundamentalmente el proceso de trabajo no se ha transformado tecnológicamente.

 

Por ello, en el marco de una subordinación formal del trabajo al capital, una vez establecido el nivel de desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, la plusvalía sólo puede ser producida bajo la forma de plusvalía absoluta. Sobre la base de las técnicas ya empleadas antes de que el capital se apodere de la producción sólo puede aumentarse la extracción de plusvalía, una vez establecida la nueva organización que hace que el trabajo sea más productivo, mediante el alargamiento de la jornada de trabajo. La subordinación formal del trabajo al capital sólo conoce esta forma de producción de plusvalía.

 

Socialmente hablando, estamos ya frente al modo de producción capitalista plenamente establecido, es decir, ante la relación social que encadena al proletario a un instrumento de trabajo que se presenta frente a él como capital. Desde este punto de vista, la subordinación formal del trabajo al capital es una forma general del proceso de producción capitalista, pero técnicamente este capital no ha modificado todavía las formas generales del proceso de trabajo; la tecnología no es aún específica o propia del modo de producción capitalista.

 

Pero con esta primera concentración de los factores del proceso de trabajo (como capital constante las herramientas y las materias primas, y como capital variable los proletarios) y con el desarrollo de la división del trabajo, se constituye la base para el desarrollo de un progreso técnico propio del modo de producción capitalista. Para el cual no basta con acrecentar la extracción de plusvalía por medio del incremento de la jornada de trabajo, sino como resultado de una nueva organización del trabajo.

 

Marx habla entonces de un proceso mediante el cual el capital somete realmente al trabajo, sobre la base de una tecnología propia, que no es heredada de las antiguas formas de producción y que está determinada por el objetivo específico del capital: la maximización de la plusvalía.

 

Así, la subordinación real del trabajo al capital es una forma intrínseca, específica del modo de producción capitalista, su forma más desarrollada. Ella engloba la subordinación formal del trabajo pues en su dimensión general, que consiste en someter una cantidad importante de obreros al capital, permanece a lo largo de todo el modo de producción capitalista. La subordinación formal del trabajo al capital tiene una dimensión específica y, por una parte, propia de una época histórica del modo de producción capitalista, pero también una dimensión general que perdura por toda la historia de este modo de producción y que engloba a la subordinación real. En cierto modo, la subordinación real del trabajo al capital sucede a la subordinación formal del trabajo al capital manteniéndola y situándola a un nivel superior. Con la subordinación real del trabajo al capital, la producción de plusvalía relativa se desarrolla y, con ella, el crecimiento extraordinario de la explotación del proletariado.

 

El modo de producción capitalista conoce así un movimiento histórico que lo conduce al desarrollo de un modo de producción capitalista cada vez más “puro”, donde a pesar de que no llegue jamás a realizarse completamente el conjunto de las ramas de producción cae bajo la férula del capital, y este se impone a los productores independientes. Marx afirma que el capital es un “valor en proceso” o valor que se valoriza expresión de naturaleza filosófica abstracta que alude a un movimiento que encarna de manera muy específica la búsqueda insaciable de la plusvalía. Para lo cual el modo de producción capitalista pone en marcha las fuerzas productivas, y trata se apodera de todos los resultados de la ciencia y del desarrollo técnico a fin de ponerlas al servicio de la valorización, y exacción del plusvalor.

 

Es a través del desarrollo del maquinismo, con la revolución industrial, que se hacen posibles los formidables aumentos de productividad que el modo de producción capitalista pone al servicio de la producción de plusvalía, y que el comunismo pondrá al servicio de la reducción del tiempo y de la aridez del trabajo para permitir a los humanos gozar de su tiempo libre sin temor al mañana.

 

3.10.     Tasa de plusvalía, tasa de ganancia y baja tendencial de la tasa de ganancia

 

Debemos entrar ahora más a fondo en el movimiento general del capital y comprender cómo los principios sobre los que se funda son los mismos factores de su disolución. En pocas palabras: cuanta más plusvalía persigue el capital más obstáculos encuentra para incrementarla.

 

Cuando relaciona el plustrabajo con el trabajo necesario, la plusvalía con el capital variable, Marx habla de tasa de plusvalía, la cual se define por la fórmula pl/v (masa de plusvalía producida sobre el capital variable invertido). Esta relación también mide el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital.

Supongamos que el capitalista avanza 100 € de capital variable para pagar a un obrero colectivo que trabaja durante una jornada de trabajo de 8 horas, y que 4 horas representan el trabajo necesario. Al final de la jornada, el valor correspondiente al trabajo vivo realizado representa 200 €, y el capitalista se podrá embolsar una plusvalía de 100 €. Diremos que la tasa de plusvalía es de 100 %.

Pero entre las condiciones de producción, el trabajo vivo, la fuerza de trabajo, no es la única. Ella produce sólo porque pone en juego trabajo muerto bajo la forma de medios de producción (máquinas, materias primas…) que Marx califica como capital constante (c).

 

Si relacionamos nuestros 100 euros de plusvalía producida no sólo con los 100 € de capital variable (v), sino con la totalidad del capital invertido, es decir c + v, no obtenemos el mismo resultado. Si el capital constante avanzado es de 100, hay que relacionar la plusvalía producida, que es también de 100, a 100 c + 100 v = 200.

 

La tasa de plusvalía es siempre de 100 %, pero la tasa de ganancia, que se escribe pl/c+v, es decir, la plusvalía en relación con la totalidad del capital avanzado (c+v) no es más que del 50 % (100/200)

Vemos aquí que, por definición, la tasa de ganancia es inferior a la tasa de plusvalía.

 

Pero entre las condiciones de desarrollo del modo de producción capitalista figura el desarrollo del maquinismo y de la productividad del trabajo que lo acompaña y que se traduce, como hemos visto, por un aumento de la composición orgánica, del capital.

 

Supongamos que nuestro capitalista compra máquinas más caras que le permiten aumentar la productividad del trabajo y que necesitan menos obreros para su manejo. Paralelamente, permaneciendo todos los otros factores iguales, si la productividad aumenta, la masa de las materias primas y de los materiales auxiliares (combustibles, lubricantes, etcétera) utilizados por una misma fuerza de trabajo aumenta igualmente. Así tendremos la situación siguiente (haciendo abstracción de los efectos en retorno de la productividad):

 

200 c + 80 v + 80 pl

 

La tasa de plusvalía (pl/v) permanece en 100%, pero la tasa de ganancia ha caído al 28,5%.

Marx califica este fenómeno de baja tendencial de la tasa de ganancia. Es la ley más importante de la economía política[16]. Es tendencial porque, como todas las leyes, su acción es modificada por circunstancias particulares. Su acción incluye además contratendencias y sólo se manifiesta en el largo plazo y en ciertas circunstancias. Si no existieran estas contratendencias el capitalismo se extinguiría rápidamente.

 

Entre estas contratendencias, Marx anota las siguientes:

 

3.11.      El ciclo de la acumulación

La producción capitalista toma la forma de un proceso cíclico, de un ciclo que es el siguiente: Dinero (capital dinero avanzado por el capitalista) – Mercancía (compra de medios de producción y de fuerza de trabajo) – Producción (producción de plusvalía durante el proceso de producción que se objetiva en mercancías) – Mercancía (mercancías que salen del proceso de producción, para ser vendidas, cuyo valor es mayor que el valor de las mercancías consumidas en el proceso de producción pues incluye plusvalía) – Dinero (realización del valor de las mercancías en dinero. Al fin del ciclo el capital dinero es superior al capital dinero avanzado al comienzo del ciclo. Ha sido aumentado con la plusvalía).

El capitalista desembolsa el capital bajo la forma de dinero, lo convierte en medios de producción y en fuerza de trabajo para llevar a cabo un proceso de producción de mercancías, pero éstas no le sirven de nada si no logra venderlas. Dicho de otro modo, la transformación del capital dinero en capital mercancía no tiene interés si el movimiento no continúa con la realización del capital mercancía en capital dinero incrementado con la plusvalía producida.

 

Como indican las expresiones “ciclo de acumulación” y “circulación”, se trata de un movimiento circular, en principio sin fin. Pero nos equivocaríamos si no tuviéramos en cuenta lo que pasa en los diferentes momentos del ciclo. Se puede establecer una comparación con el ciclo del agua que puede pasar por todas las metamorfosis para que el ciclo se cumpla, pero no es irrelevante el orden de estudio de sus estados: agua, vapor producido por la evaporación, nubes, lluvia y agua de nuevo; se trata siempre de la misma materia (H2O) que se manifiesta bajo formas diferentes.

 

Aquí es el capital el que se presenta bajo diversas formas y pasa de una forma a la otra: de la forma dinero a la forma de capital productivo (medios de producción y fuerza de trabajo), a la forma mercancía y nuevamente a la forma dinero.

 

En este movimiento el capital alcanza su objetivo, su “fin supremo”: maximizar la plusvalía. Con lo cual el capitalista no trata de recobrar la suma que ha invertido en la producción, sino de recuperar una suma que sea superior.

 

No hay que olvidar que todo lo que se mueve bajo la forma de estos objetos (dinero, mercancía) es capital. El capitalista invierte su capital en la producción y este dinero se metamorfosea y cambia de forma sin cesar: un tiempo tiene forma de dinero, un tiempo de medios de producción (máquinas, materias primas, fuerza de trabajo), un tiempo adopta una forma de mercancía destinada al mercado, antes de recuperar la forma de dinero y así sucesivamente. Si el ritmo es continuo y sostenido no hay problema, pero si el tiempo entre dos metamorfosis se dilata hay riesgo de que el ciclo sufra una ruptura. Es lo que sucede cuando estallan las crisis de sobreproducción, si las mercancías producidas no pueden reconvertirse en dinero, y por tanto el capital no puede terminar su ciclo para reencarnarse en dinero y ser reinvertido, se halla desempleado y corre el riesgo de desvalorizarse. Por ello, para Marx, las crisis son crisis de sobreproducción dado que hay demasiado capital, demasiadas mercancías producidas que no pueden realizarse. Y si el capital dinerario no contiene suficiente plusvalía no podrá de acumularse, lo que implica falta de realización y ausencia de metamorfosis del capital dinerario en los elementos del capital productivo (medios de producción y fuerza de trabajo). Ambos aspectos son propios del mismo fenómeno, de las crisis generales de sobreproducción, que son las crisis económicas propias del modo de producción capitalista más desarrollado (la primera tuvo lugar en 1825).

 

Pero ¿qué va a hacer el capitalista con esta plusvalía en caso de realizarla? Si la consume toda, no habría acumulación. Para lograr su objetivo, la maximización de plusvalía, esta plusvalía deberá de ser, al menos en parte, capitalizada, es decir de transformarse de vuelta en capital para iniciar un nuevo ciclo de producción en una escala ampliada.

 

Si al principio el capitalista dispone de una suma determinada para invertirla en la producción es necesario, como hemos visto, que encuentre en el mercado medios de producción y fuerzas de trabajo. Por lo que, para invertir esta cantidad adicional es necesario que encuentre medios suplementarios: otras máquinas, materias primas y otras fuerzas de trabajo. Este incremento es la base del movimiento del capital, de la acumulación del capital; Marx la llama reproducción ampliada, y la compara con una espiral, retomando las palabras del economista burgués Simonde de Sismondi[17].

 

No basta con que exista el dinero para que se creen las condiciones del desarrollo de la sociedad capitalista, para ello es necesario que este dinero encuentre las condiciones para ser utilizado como capital. Es decir, el dinero debe transformarse, en el mercado, en medios de producción y en fuerzas de trabajo. Hemos visto, al hablar de la mercancía, que la división del trabajo es una condición sine qua non para que se efectúe el intercambio de mercancías de acuerdo con su valor que es un patrón común que está en función del tiempo de trabajo gastado en su producción. En el plano de la división del trabajo, a una escala social, existen ramas industriales que se complementan: unas producen máquinas, otras materias primas, otros más componentes electrónicos, etc. Además, es necesario el desarrollo de una clase de trabajadores libres subordinados al capital y disponibles para ofrecer el trabajo productivo. De este modo, el proceso de producción es igualmente un proceso de reproducción de las relaciones de producción capitalistas, un proceso de producción, de reproducción y de extensión de estas relaciones. Y esta extensión será cada vez más desfavorable para la clase productiva.

 

Los economistas burgueses que precedieron a Marx, y aun mas los profesores de economía de hoy en día no comprenden nada de esto. Piensan que el valor excedente que recupera el capitalista proviene de la esfera de la circulación y que es resultado de la venta más cara una mercancía, consideran que por medio del intercambio el propietario de la mercancía obtiene la plusvalía; o presuponen que los medios de producción están dotados por sí mismos de la capacidad de producir valor; así una máquina más rápida produciría más valor, una tierra más fértil también, nuevas invenciones, etc.… Pero, hemos visto que la plusvalía es creada en la esfera de la producción por los asalariados productivos, no es un robo sino el producto de la explotación de la clase proletaria.

 

Hay otro punto en el que Marx critica a los economistas defensores del derecho burgués, que ven siempre la relación entre capitalista y obrero desde el punto de vista de la relación de dos individuos que establecen un contrato. Para Marx, no hay que considerar esta relación desde un punto de vista individual sino concebirla cómo la interrelación entre dos clases, es decir, entre el conjunto de los capitalistas y el conjunto de los proletarios.

 

La finalidad de la acumulación de capital es la maximización de la plusvalía, por ello la necesidad absoluta del capital reside en ampliar permanentemente la producción, que es la base de su valorización; lo que significa que un valor inicial invertido en la producción tiene razón de ser sólo si lleva dentro de sí, al salir del proceso productivo, un valor mayor (compuesto del valor del capital invertido y de la plusvalía). El capital, dice Marx, es un valor en proceso, valor que se mueve para incrementarse sin tregua; no puede ser de otro modo dentro de la lógica de la acumulación del capital.

3.12.     Relación económica y relación de explotación

La economía política burguesa y el derecho burgués del trabajo consideran que la transacción que tiene lugar entre el obrero y el capitalista es una relación igualitaria entre dos poseedores de mercancías que intercambian sus bienes por un tiempo dado: la capacidad de trabajo (o la fuerza de trabajo), y el dinero (salario). Por el contrario, el marxismo demuestra que la relación de explotación que subyace por debajo de la igualdad dada por el intercambio se reproduce y se perpetúa. Ya que, por un lado, el proceso de producción no cesa de producir y reproducir el capital y por el otro, el obrero sale de él como ha entrado, es decir como fuente personal de riqueza social desposeída de sus propios medios de realización. Su trabajo, convertido en propiedad del capitalista, sólo puede, evidentemente, efectuarse en el proceso de producción de productos que le son ajenos.

 

La producción capitalista, que es consumo de la fuerza de trabajo del obrero por el capitalista, transforma sin cesar el producto del trabajo no sólo en mercancía sino en capital, en valor que absorbe la fuerza creadora del trabajo, es decir en medios de producción que dominan al productor y en medios de subsistencia que compran al obrero mismo. La sola continuidad o repetición periódica del proceso de producción capitalista reproduce y perpetúa su fundamento, el trabajador asalariado.

 

3.13.     Ganancia y superganancias

 

A nivel de la sociedad, el conjunto de la clase productiva produce una masa creciente de plusvalía que se distribuye entre las diferentes fracciones de la clase dominante bajo diversas formas. En primer lugar, en la empresa en la que se produce directamente la plusvalía, toma la forma de ganancia.

 

Hoy en día, el término “ganancia” o “ganancia” es empleado a menudo en un sentido moral, como equivalente de una ganancia “comercial” parasitario, se condena así el hecho de que alguien venda una mercancía por encima de su precio natural o normal para obtener una ventaja que sería la ganancia. Pero en los términos científicos del marxismo, la ganancia, en su totalidad, no es en absoluto asimilable al ardid comercial. La ganancia es una fracción de la plusvalía, derivado de la venta del conjunto de mercancías que se venden a su valor, y debido a ello los capitalistas se apropian la plusvalía.

 

Esta plusvalía se divide básicamente en ganancia y renta, y delimita así dos clases a los capitalistas y a los propietarios de tierra. En el seno de la clase capitalista, la ganancia se distribuye entre los capitalistas mediante el proceso de igualación de las tasas de ganancia que está en función del capital que han adelantado. Los capitalistas del comercio y los capitalistas industriales tienen así una tasa media de ganancia equivalente a la tasa general de ganancia, a pesar de que su contribución efectiva a la producción de la plusvalía haya sido menor. La misma ganancia se divide entre la ganancia de las empresas industriales, comerciales y el interés, que retribuye al capitalista bancario. Pero esto no es todo, los impuestos que son los ingresos del Estado constituyen una parte de la plusvalía (y del salario social). Hay que recordar que los salarios de los altos puesto de dirección que se adjudican los capitalistas, y los salarios (y medios de producción) de las clases improductivas, son otras tantas formas de plusvalía.

 

Así, fundamentalmente, la plusvalía se reparte, en el seno de la sociedad, entre las diferentes clases dominantes, y en el seno de la misma burguesía, entre sus diferentes fracciones. Pero Marx insiste en el origen único de esta masa de plusvalía que se reparte entre los diferentes protagonistas. Al principio, es el capitalista industrial (este término incluye el capital empleado en una esfera cualquiera y no únicamente el capitalista de la industria) quien garantiza la producción de plusvalía gracias a la explotación directa del trabajo asalariado productivo. Contrariamente a lo que pretenden las corrientes de la crítica pequeñoburguesa del capitalismo el enemigo no es la banca, el mundo de las finanzas, sino el “virtuoso” capitalista industrial. El modo de producción capitalista no descansa sobre las finanzas sino sobre la producción de plusvalía y su acumulación gracias a la explotación del proletariado.

 

Los desarrollos teóricos relativos a la cuestión agraria son igualmente ocasión para tratar las diversas formas de superganancias. Éstos pueden provenir de diferenciales de productividad, de monopolios sociales como la propiedad de la tierra, o de precios de monopolio propiamente dichos, por el hecho de que haya una demanda mayor que la oferta (debido a una rareza relativa como la de un vino fino o una escasez provocada por la política de marcas y patentes, por ejemplo), y son el origen de las diferentes formas de renta de la tierra. Marx muestra que, lejos de constituir una novedad teórica y una fase particular de la historia del modo de producción capitalista, la ganancia media y las superganancias, la competencia y los monopolios se articulan sobre la base de la ley del valor.

 

3.14.     Capital ficticio

Con la acumulación del capital real se desarrolla igualmente lo que Marx llama el “capital ficticio”, y tendría tres significados. En el primero sentido (I) se trata de títulos (acciones, obligaciones, bonos del tesoro, letras…) correspondientes a un capital real que ha sido prestado (poco importa su destino). En la medida en que estos títulos pueden ser negociados (por ejemplo, en la bolsa, en un banco o en una empresa de factoring, las letras y otras facturas emitidas por una empresa) son objeto de un mercado particular sometido a leyes específicas donde tiene lugar una intensa especulación que permite captar una parte de la plusvalía.

 

Para el socialismo pequeñoburgués esta esfera es la base de las crisis, de la captación de plusvalía por medio de actividades especulativas, y del pago de intereses (o de dividendos, en el caso de las acciones) a los poseedores del capital prestado, y también es la forma más acabada de la explotación. Sin embargo, hemos visto que más bien se trata de formas distintas de plusvalía (al igual que la ganancia, la renta, los impuestos, y los salarios de las clases improductivas…). La plusvalía, una vez extraída en la esfera productiva, es objeto de la concurrencia y se distribuye a partir juego de relaciones de fuerza. A diferencia de este socialismo pequeño burgués el movimiento comunista propone la abolición del trabajo asalario y otras categorías mercantiles, y no el control (por medio del Estado) de las manifestaciones más evidentes del parasitismo social.

 

De acuerdo con el segundo significado (sentido II) del término capital ficticio se refiere al uso fraudulento del capital de crédito una vez prestado el dinero este es despilfarrado por el prestatario que no lo hace funcionar como capital. Aparte de los ladrones y defraudadores profesionales, existe una línea delgada que distingue entre las empresas con dificultades financieras en busca crédito y aquellas que caen en el endeudamiento sin solución. Recordemos que el Estado que gasta el dinero como renta es el mayor prestatario, y su historia está marcada por quiebras y reestructuraciones recurrentes de su deuda, que lo colocan entre los más grandes proveedores de capital ficticio.

 

Y el tercer significado de capital ficticio (el sentido III) es el sobre crédito, necesario para realizar la plusvalía adicional, por medio de la creación de nuevos medios de pago. Cuando éstos exceden las necesidades de la acumulación (dado que existen otros mercados se exceden necesariamente estas necesidades) y, por otra parte, existe el interés de los bancos de prestar lo más posible, en presencia de un riesgo limitado[18]. La ampliación del crédito es acompañada por el aumento del sobre crédito. Este fenómeno se resuelve con la inflación de los precios de las mercancías, la inflación del capital ficticio (en el sentido I, de títulos), la inflación de la renta de la tierra (el precio de los terrenos y de los activos inmobiliarios), la inflación del capital ficticio (en el sentido II); en resumen, con la inflación del parasitismo social. Cuando la inflación se transforma en deflación estos fenómenos, vectores de crisis por sí mismos, son tan sólo un aspecto, entre los más visibles, de las crisis de superproducción que hallan su origen en el corazón de la producción capitalista.

 

 

4.         Dinámica del capitalismo y clases sociales

 

4.1.         El descubrimiento de las mistificaciones capitalistas.

Marx, en su época, realizó un trabajo a la vez científico y revolucionario; científico porque rompió con las interpretaciones de los economistas burgueses de su tiempo y descubrió, más allá de las apariencias fenoménicas, las leyes que rigen al modo capitalista de producción, y revolucionario porque prefiguro tras el funcionamiento de la economía capitalista, las condiciones materiales necesarias para el desarrollo de la revolución comunista. Por lo que tal trabajo científico sólo pudo realizarse a partir del punto de vista revolucionario del proletariado y de la sociedad del mañana: el comunismo. Por ello que las obras fundamentales de Marx destinadas al estudio de la economía llevan el subtítulo de “crítica de la economía política”.

 

A más de siglo y medio de su nacimiento, la concepción materialista de la historia lucha por imponerse.  Situada en una posición defensiva desde finales del siglo XIX, revitalizada por la revolución rusa, aniquilada por la contrarrevolución que siguió al fracaso de la ola revolucionaria internacional de los años 20 (derrota de las revoluciones alemana, húngara, china, involución y contrarrevolución rusas con el triunfo del estalinismo). El marxismo sigue extrayendo lecciones de las derrotas del proletariado, es decir de la contrarrevolución; por lo que es necesaria para la causa de emancipación del proletariado la reexposición sistemática de sus conceptos, de sus elementos teóricos y de las conclusiones que desarrolló hace casi un siglo y medio, y su aplicación para comprender las evoluciones y mutaciones del modo de producción capitalista contemporáneo.

 

4.2.        Evolución de las clases sociales

El desarrollo de las clases sociales, y sobre todo de la clase productiva constituye hoy en día una cuestión central para la teoría marxista.

 

El siglo veinte fue el más vigoroso y también el más mortífero de la historia. La población mundial se cuadruplicó, la esperanza de vida aumentó considerablemente, las guerras provocaron 120 millones de víctimas, la desnutrición y sus secuelas trágicas afectaron a 800 millones de personas, con la reducción de la esperanza de vida y el aumento de la mortalidad infantil -con 6 millones por año-, de los trastornos físicos y mentales, y con 300 millones obesos

 

El modo de producción capitalista ha progresado más que la población. La proporción de asalariados en la población económicamente activa mundial aumente de manera creciente. En los países en donde el modo de producción capitalista es más desarrollado, los asalariados representan del 80 al 90 % de la población activa. El proletariado se ha convertido en la mayoría de la sociedad y se reducen las antiguas clases sociales: campesinos, artesanos y pequeños comerciantes independientes cuya “independencia” es a menudo sólo formal, y su existencia está limitada a espacios restringidos la sociedad burguesa. En el mejor de los casos, su actividad es tan sólo la antesala de la precariedad generalizada y del desempleo.

 

Tenemos el caso de la agricultura que, a pesar de ser el primer empleador mundial, ya no representa a la mayoría absoluta de la población activa. Una gran masa de esta población agraria, como el campesinado parcelario, produce ciertamente valor, pero no plusvalía. No mantiene una relación salarial con el capitalista, pero mantiene una tiene relación con el propietario de la tierra, cuando no es ella misma propietaria. En los países más desarrollados, no representa más que una parte muy débil de la población activa, mientras que en la época de Marx era una mayoría. En su seno, los asalariados juegan un papel cada vez mayor. El modo de producción capitalista subordina cada vez más a la agricultura, la somete a sus leyes, arruina al campesinado, que se une al ejército de reserva industrial, e incrementa las poblaciones urbanas.

 

Además del proletariado, en el modo de producción capitalista existen otras dos clases fundamentales:  los capitalistas y los propietarios de la tierra. El análisis de la formación de los precios en la agricultura y en la esfera de la producción de las materias primas muestra que son las tierras (minas o campos de extracción) menos fértiles y más mal situadas las que forman los precios de producción, alrededor de los cuales gravitan los precios de mercado. En el modo de producción capitalista, el precio relativo de las materias primas y el de los recursos necesarios para la existencia es más elevado que aquel de otras mercancías; el lujo industrial, es más fácil de producir que lo que es necesario desde una perspectiva agrícola. Además, el monopolio de la propiedad de la tierra agrava aún este proceso, al frenar el desarrollo de la productividad en estas esferas de producción. Más allá de estos fenómenos, es necesario tener en cuenta igualmente los efectos particulares asociados a los precios de monopolio stricto sensu (como para los vinos más apreciados, por ejemplo)

 

Al considerar a todos estos diferentes fenómenos se muestra hasta qué grado el modo de producción capitalista es nefasto para el metabolismo social.

 

Las contradicciones del modo de producción capitalista conducen hasta su paroxismo al antagonismo entre la ciudad y el campo, y a los desequilibrios entre el mundo urbano y rural. Esta contradicción alcanza su máximo[19] cuando la burguesía, siendo incapaz de llegar a una distribución armoniosa de la población sobre el territorio, se ve obligada a tomar a su cargo, nutrir y mantener bajo perfusión, a las poblaciones que expulsa de su sistema de producción. Así se aglomeran en las periferias de las megalópolis capitalistas las masas expulsadas de los territorios agrarios.

 

Por otra parte, la renta urbana alcanza sus máximos; por ejemplo, en Francia su dimensión ha superado, desde hace tiempo, a la renta de la tierra. A pesar de que lo edificado (para vivienda o para actividades productivas) ocupa superficies menos importantes que las tierras agrícolas, su precio global es superior, y la relación entre el precio por m2 de los mejores alojamientos o despachos y el de las peores tierras agrícolas no cesa de crecer. Esta relación es a partir de ahora, en Francia, del orden de 1 a 1.000.000. En efecto, en los barrios buenos de Paris, el precio del metro cuadrado llega fácilmente a los 10.000 €, mientras que las peores tierras agrícolas se pueden negociar alrededor de los 1.000 €. Tomando los casos extremos, se podría multiplicar fácilmente por 10 la considerable desviación obtenida.

 

Jamás podrá la sociedad burguesa nutrir correctamente a la humanidad, ni ofrecerle un techo decente, ni gestionar desde el punto de vista general los intereses de la especie humana; el espacio, los bosques, los suelos, la salud y el bienestar de las poblaciones, el metabolismo entre el hombre y la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

 

 

4.3.        Antiguas y nuevas clases medias

Lo que es cierto para la agricultura lo es también para la industria y los servicios; la influencia del trabajo asalariado se extiende y evidencia la dominación del modo de producción capitalista cada día más evidente. Al margen del campesinado, del sector artesano y del comercio, aún pujante, que representan las clases medias clásicas, históricas, se ha desarrollado una clase media moderna asalariada, Como hemos visto, el modo de producción capitalista, en su carrera por la plusvalía, desvaloriza las mercancías al reducir el tiempo de trabajo social medio necesario para su producción. Pero debe darse salida a esta masa creciente y el capital debe multiplicar los esfuerzos y los gastos improductivos para hacer circular las mercancías y realizar en capital-dinero el capital-mercancía (estudios de mercado, publicidad, fuerzas de venta, crédito, seguros,) El tiempo de circulación aumenta relativamente en relación con el tiempo de producción. La multiplicación de los polos de acumulación del capital con su cohorte de pequeñas empresas induce la creación de una clase de pequeños capitalistas cuyo salario y rentas provienen de la plusvalía y representan pues un coste de mantenimiento proporcional a su número. Se asiste además al desarrollo y mantenimiento, tanto en la pequeña como en la gran empresa, de categorías intermedias encargadas de la administración, de la contabilidad y de la organización de las firmas.

 

Por fin, las sociedades capitalistas modernas conocen un desarrollo considerable del Estado y de la burocracia. En tanto que son pagados por el presupuesto del Estado, es decir mediante impuestos o endeudamiento, los funcionarios no son ni explotados (no producen plusvalía y no se enfrentan al capital en la venta de su fuerza de trabajo) ni proletarios. Su fuerza de trabajo no se intercambia contra capital sino contra renta. Con la derrota del proletariado en los años 20 y el rejuvenecimiento del capital que le siguió (particularmente tras la segunda guerra mundial), se ha asistido durante decenios a un crecimiento de la producción de plusvalía concomitante a la elevación del grado de cualificación de la fuerza de trabajo. Esto solo ha podido hacerse imitando al Programa Comunista, realizando una democracia social, al aportar, en los límites del modo de producción capitalista, progresos en relación con el tiempo de trabajo, con la sanidad, la educación, reforzando al mismo tiempo el talón de hierro (policía, ejército, etc.) y la burocracia del Estado. Todos esos fenómenos han engendrado la creación de empleos de funcionarios y hace del Estado un empleador importante, a veces el primero.

Todos esos fenómenos significan que el salario no recubre strictu sensu una relación de explotación. Cuando la fuerza de trabajo se intercambia contra renta o cuando está empleada en la esfera de la circulación, o incluso cuando forma parte de los falsos gastos de la producción capitalista (contabilidad, facturación, administración, etc.) es improductiva; ella no produce valor ni plusvalía (aun cuando pueda reportar una ganancia). Todo proletario es por definición asalariado (puesto que no tiene otra cosa que su fuerza de trabajo por vender), pero todo asalariado no es un proletario.

La considerable expansión de la productividad del trabajo desde la segunda guerra mundial puede concebirse de dos maneras:

 

·       En la primera concepción, se considerará que esta riqueza social está producida por el conjunto de la población asalariada. Esta recibe, en los países desarrollados, un equivalente que varía entre la mitad y los dos tercios del PIB. Es entonces fácil de concluir que la explotación (tanto la absoluta como la relativa) del proletariado (confundido aquí con la población asalariada en general) no se agrava y que los intereses del capital y del trabajo son pues conciliables.

·       En la segunda, se mantiene la distinción, crucial en Marx, entre una fracción productiva de la población empleada y una fracción improductiva, pudiendo ser esta última asalariada. En este caso hay que atribuir la producción de plusvalía sólo a la fracción productiva. Se considera pues que la producción de valor y de plusvalía sólo descansa sobre el proletariado y no sobre la totalidad de los asalariados. Por consiguiente, su explotación es aquí considerablemente más importante que la que admite la primera visión, y se muestra que los intereses del trabajo y del capital son inconciliables.

La consecuencia de este último punto para evaluar la posibilidad del comunismo es crucial; en efecto, la concentración de la esfera productiva sobre el proletariado y no sobre todo el trabajo asalariado es testimonio de una productividad inaudita alcanzada por el desarrollo del modo de producción capitalista, productividad cuyo producto debe ser dilapidado para que la caldera no explote. Esto muestra las formidables capacidades de una reorganización de las funciones productivas, el abandono de sectores inútiles, socialmente nocivos, una generalización del trabajo productivo al conjunto de la sociedad disminuyendo el tiempo de trabajo individual, que conllevaría cambios considerables desde las primeras fases de un proceso revolucionario.

 

En un momento en que, ante las perspectivas catastróficas ofrecidas por la sociedad burguesa, numerosas corrientes preconizan el “decrecimiento”, la limitación malthusiana de la producción de riquezas, a menudo en nombre de la ecología y de la protección del planeta, es bueno recordar que el origen de las catástrofes económicas que asolan la sociedad es social, y que la dirección de la sociedad por el proletariado revolucionario es una necesidad absoluta.

4.4.        El papel de las clases medias modernas

Una buena parte de estos asalariados improductivos representa lo que llaman “clases medias” modernas, el salario permite distinguirlas de las antiguas que ya mencionamos (artesanos, campesinos…). Contrariamente a lo que afirman los comentaristas burgueses, el fenómeno de la expansión de las clases medias asalariadas fue anticipado perfectamente por Marx. Al vivir de la plusvalía, o sea, de la explotación del proletariado, estas clases defienden un interés “próximo al de las clases explotadoras” (Marx).

 

En el libro I del capital, Marx expone el papel del mánager capitalista donde define su función social, su psicología y su evolución. El mánager capitalista (a distinguir del propietario del capital) personifica al capital, él “funciona como capital personificado”. Tiene por función hacer producir el máximo de plusvalía, lo que supone a la vez obtener el mejor rendimiento posible de la fuerza de trabajo en un momento dado y extender también, en tamaño y en profundidad, la acumulación del capital (la reproducción del capital). La producción por la producción misma, y la exaltación del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo tal es la función del capitalista, “agente fanático de la acumulación”.

 

El capitalista sólo se interesa en el valor de cambio, es por ello por lo que, entre las primeras cualidades de los pioneros del desarrollo capitalista, aparecen en buen lugar la frugalidad, la austeridad, la avaricia; pero estas “virtudes” burguesas, con el tiempo, se debilitan. El capitalista cede a las sirenas del consumo improductivo de la plusvalía. Es verdad que la progresión de la concentración y la centralización del capital han permitido la producción de una plusvalía creciente por medio de la cual puede aumentar su consumo sin por ello debilitar notablemente su acumulación. Por otra parte, este consumo deviene una necesidad profesional; la ostentación de su riqueza es un medio de obtener crédito, de inspirar la confianza y de mantener el círculo de sus relaciones. Pero en el capitalista esta tendencia tiene límites, y el goce, el gasto, se hacen con una forma de mala conciencia, pues ellas hallan frente a sí la inclinación inversa que es necesaria para atizar los fuegos de la acumulación.

 

Si el capitalista renunciara al goce de la acumulación por la acumulación del goce, renunciaría a su función; la sanción que recibiría el capitalista que consumiera de manera improductiva la plusvalía, antes que acumularla, sería su desaparición bajo los golpes de la concurrencia.

 

Desde el punto de vista del capital total, dos escollos opuestos acechan al modo de producción capitalista. Si suponemos una sociedad que fuera compuesta sólo de proletarios que enfrentaran un capital que no tuviera otra preocupación que la producción y la acumulación de la plusvalía, se daría un desarrollo vertiginoso de las fuerzas productivas y de la productividad del trabajo. Este desarrollo prodigioso minaría a una velocidad acelerada las bases de esta misma producción capitalista impulsando la desvalorización del capital a su clímax, creando una inmensa acumulación de mercancías cuya dificultad de salida, de realización, iría creciendo. El capital sería pues conducido tanto más rápidamente a la superproducción y las crisis. Por un lado, un desarrollo de la producción por la producción, concomitante con un desarrollo de la riqueza personal del capitalista, podría conducir la producción capitalista a marchitarse, a perder su dinamismo, a ronronear ante la masa de ganancias sin tratar de impulsar sistemáticamente el desarrollo de la fuerza de trabajo; el capital renunciaría mucho más rápido a su misión histórica.

 

Desde 1845, Marx y Engels insistían en el hecho de que al mismo tiempo que el modo de producción capitalista desarrolla las fuerzas productivas, éstas se mudan en fuerzas destructoras. Mientras que el capitalista encara la pasión de la acumulación, el amor de la producción por la producción es necesario que en la sociedad se exprese igualmente la pasión del gasto, del consumo por el consumo. Hemos visto que el capitalista no puede tener completamente esta función sin renunciar a su ser. La vertiente dialéctica de la producción, el consumo, se expresa en otra clase. Una clase que representa el gasto, el consumo por el consumo debe desarrollarse. Como la clase capitalista, a pesar del desarrollo de sus inclinaciones por el consumo no puede asegurar por sí sola esta función y como en cierto punto ella entra en contradicción con su función social, la clase que representará mejor la pasión del gasto y del consumo es la clase media.

 

Tal es la función económica de la clase media en Marx. Ella encarna la pasión del gasto y juega un papel regulador en el marco del modo de producción capitalista. El volcán de la producción está limitado en su expansión y, al mismo tiempo, estimulado. Pero más allá de este aspecto, las clases medias juegan igualmente un papel social y político sirviendo de escudo a las clases dominantes.

 

4.5.        Clase capitalista y propiedad de la tierra

Con el desarrollo de la producción capitalista, el capital se concentra, es decir, se acumula en los mismos polos. Bajo el impulso del incremento de la productividad, el aumento del capital mínimo necesario para ajustarse a la media social y los efectos de la competencia y las crisis, el desarrollo del crédito, que hace que el capital social esté disponible para algunos, el capital se centraliza, es decir, ceteris parivus, reduce el número de polos de acumulación. Por ejemplo, se dice que de las 80.000 empresas multinacionales cuyo número ha crecido de manera inaudita (producen el 10% del PIB mundial y controlan el 2/3 del comercio mundial) la producción de sus filiales es superior al volumen del comercio. Al mismo tiempo, con el desarrollo del sistema de crédito, de las formas sociales de la propiedad (sociedades por acciones, empresas públicas, cooperativas, fondos de pensión, holdings etc.), se afirma la separación entre la propiedad y el capital y los protagonistas se profesionalizan, por un lado, los managers capitalistas, que aseguran la gestión del capital y por el otro los capitalistas financieros que reivindican los intereses de la propiedad del capital. Las diferencias entre capitalistas y propietarios de la tierra se esfuman y estas clases tienden a fusionarse, unos compran la tierra, los bosques y los inmuebles que constituyen el objeto de sociedades con la propiedad social; mientras que los otros devienen accionistas y capitalistas. La burguesía como clase propietaria se aleja cada vez más del proceso de producción que ella continúa obstaculizando, facilitando las crisis. Ella acentúa así su carácter parasitario.

4.6.        Concentración y centralización del capital

La concentración y centralización del capital son fenómenos relativos y no absolutos, junto al peso relativamente creciente del capital multinacional y de las grandes empresas, abundan las pequeñas y, más aún, las muy pequeñas. La acumulación de capitales en nuevos polos se da como consecuencia de la división de viejas sociedades, o por medio de la aportación de nuevo capital que es más importante en la medida que los nuevos polos de acumulación no exigen un capital significativo para existir. La necesidad de una relación más directa entre las personas y una relativa proximidad territorial provoca el desarrollo necesario de los servicios. Marx había descrito anteriormente un fenómeno idéntico con respecto a la producción de artículos de lujo, que emplea más mano de obra. Con el desarrollo de la productividad aumenta la producción de productos más refinados, superiores o de lujo, que se ve favorecido por el desarrollo de una mano de obra calificada que gana su autonomía con mayor facilidad en la medida que las tareas de diseño ocupan una parte creciente en el tiempo de trabajo global para producir una mercancía.

 

Las causas del desarrollo periódico de estas pequeñas empresas son numerosas. El deseo de escapar del empleo asalariado puede ser una fuerza impulsora para cierto número de individuos, dado que la mayoría al no encontrar un empleo asalariado no tiene otra elección para tratar de sobrevivir en el mercado más que desarrollar actividades por cuenta propia. Por otra parte, el proteccionismo y las regulaciones más o menos arcaicas impuestas en ciertos países (farmacias, notarios, médicos, abogados, arquitectos…) frenan la expansión del asalariado en estos sectores. La existencia de las empresas más pequeñas, actúan como regulador en todas sus formas y condición para que las empresas más productivas puedan obtener superganancias. Las bit nota least, la innovación es frecuentemente sinónimo de pequeña empresa, que es más ágil que en las grandes empresas ya instaladas. Un proceso darwiniano de selección de los nuevos productores y servicios, de los nuevos mercados, se desarrolla: cientos se lanzan, diez emergen, uno triunfa y finalmente éste último es comprado a un buen precio por una gran empresa.

 

Este movimiento de concentración y la aparición constante de nuevas unidades de producción también se aplica a la agricultura. Si la población mundial se cuadruplicó durante el siglo XX y la agricultura al final del día empleaba a casi la mitad de la población activa, el número de campesinos y propietarios campesinos también ha aumentado, provocando una impresionante disparidad de productividad entre la gran agricultura capitalista y el campesinado que ni siquiera es autosuficiente por falta de tierra.

 

La productividad, que alcanza las 1000 toneladas por trabajador anuales para unos pocos millones de trabajadores en la agricultura desarrollada, cayó aproximadamente dos tercios de la población trabajadora agrícola, por lo tanto, para los cientos de millones que han experimentado los efectos de la "revolución verde" de 50 toneladas o de 10 toneladas por trabajador según tengan o no tracción animal. Finalmente, alrededor del último tercio (varios cientos de millones de personas) que viven en condiciones de pobreza producen menos de 1 tonelada por activo y por año[20].

Si descartamos la cuestión de la manera como esta productividad es lograda y sus límites, obsérvanos que potencialmente muchos centenares de millones de agricultores pueden desaparecer para estar conglomerados en las ciudades. Sin embargo, dialécticamente, sólo bastarían con que algunos millones de personas practiquen una agricultura racional, liberando así tiempo de trabajo, para satisfacer las necesidades agrícolas de la especie humana. De este modo la cuestión agraria se encuentra en el corazón de la revolución social ya que nos da la clave para resolver el antagonismo entre la ciudad y el campo.

 

4.7.        Acumulación y crisis

La búsqueda de la maximización de la plusvalía conduce el modo de producción capitalista a crisis periódicas de superproducción. Éstas tienen un carácter cíclico y su gravedad está dada tendencialmente por el grado de desarrollo de la producción capitalista. Cuanto mayor es el desarrollo capitalista, más profundo tiende a ser el impacto social de estas crisis. Las crisis de superproducción son propias del modo de producción capitalista más desarrollado. La primera de estas crisis de un nuevo tipo se remonta a 1825 y, después de dos siglos el mundo burgués sigue afectado por sacudidas, temblores de tierra sociales que siembran la desolación. Su frecuencia e intensidad no sólo no disminuye, sino que debe esperarse que récords sean alcanzados regularmente. Estos hechos dejan impotentes y ridiculizan tanto las previsiones y las teorías de los economistas, como las políticas, las “reformas” y otras tentativas de establecer un control económico sobre el desarrollo del capital.

 

Al maximizar la plusvalía, el plusvalor, el capital desarrolla la productividad del trabajo como si no hubiera límites específicos al modo de producción; la masa enorme de las mercancías producidas deberá de ser vendida y transformada en capital dinerario por lo que debe existir una cierta relación entre el consumo productivo y el consumo no productivo (individual y colectivo) a pesar de que la producción capitalista tiende a violarla. Al tener dificultades para encontrar mercados para estas masas gigantescas de mercancías, al reducir la parte de los salarios de la clase productiva y al impulsar los polos de la acumulación que desequilibran la relación entre producción y consumo, la sociedad burguesa favorece la superproducción de mercancías. Y si la acumulación del capital es incapaz de producir la plusvalía necesaria para su reproducción y el crecimiento de la productividad no es suficiente, la tasa de ganancia cae brutalmente y como consecuencia la sobreacumulación y la sobreproducción del capital, devienen una amenaza.

 

Al mismo tiempo, el capital ficticio (títulos,) se infla como consecuencia de los efectos conjugados de la acumulación del capital real, de la especulación y del crédito excedentario. El crédito se convierte en una de las palancas más potentes para favorecer la tensión de las fuerzas productivas y engendrar la superproducción.

 

La exacción máxima de la plusvalía toma diversas formas:

 

Otras formas favorecen la creación simultanea de más valor y de plusvalía:

 

 

De modo que, al mismo tiempo que persigue la exacción máxima de la plusvalía, su único objetivo, la producción capitalista desarrolla dentro de los límites de las relaciones capitalistas de producción las fuerzas productivas. Y con ello aumentan el potencial de la producción y de la superproducción de manera creciente; por lo que para aplazar los efectos de esta contradicción y contrarrestar sus consecuencias, el capital realiza un conjunto de medidas de diferente naturaleza que podemos clasificar en función del tipo de efecto que provoca:

 

1º Estimulación de la venta para la realización del producto social = desarrollo del crédito;

2º Busca de nuevos mercados y de nuevas esferas externas de acumulación = exportación, lucha por la conquista de nuevos mercados;

3º Expansión del gasto del Estado burgués y/o reducción de los impuestos= expansión de la demanda interna;

4º Expansión de las necesidades y creación de nuevas necesidades (valores de uso) = desarrollo de la publicidad y del mercadeo (marketing) que confiera nuevas cualidades al valor de uso de las mercancías;

5º Diversificación, creación de nuevas necesidades, creación de nuevos valores de uso = desarrollo de medios de consumo de lujo. Uno de los intereses de este sector es que generalmente permite la producción de una mayor masa de plusvalía por el hecho del empleo relativamente más elevado de trabajo vivo. Como por otra parte estas ramas tienen una composición orgánica por abajo de la media y favorecen también el alza de la tasa de ganancia.

6º Evolución histórica de los valores de uso y de las necesidades que conducen a frenar la reducción del valor unitario de las mercancías. “Revalorización”[22] de los valores de uso y la evolución de las necesidades: el lujo de ayer es la necesidad de hoy.

7º Programación de la obsolescencia de las mercancías. Organización del derroche de los recursos.

8º Fijación del capital. Acumulación de capitales fijos que no son inmediatamente productivos (grandes obras de arte, grandes trabajos, canales, por ejemplo) y que absorben plusvalía sin producir un efecto inmediato sobre la productividad del trabajo.

9º Desarrollo de una clase de consumidores que consume sin producir, de una clase improductiva. Una clase de consumidores es necesaria. Los teóricos subconsumistas, en especial Malthus, tiene presente esta necesidad. No puede ser el proletariado, cuyo consumo es limitado – y tanto más limitado cuanto que el salario relativo baja con el progreso de la producción capitalista – quien la cubra. Un alza del salario puede intervenir, pero necesariamente en límites estrechos. Esta clase improductiva moderna, es la clase media asalariada. Con su desarrollo, se limita la tasa de acumulación y la demanda de medios de consumo aumenta, y con ella el consumo de productos más refinados y de productos de lujo.

 

5.         Hacia la sociedad sin clases

 

Uno de los grandes dramas de la historia reciente ha sido la desaparición política del proletariado, que ha sido desposeído de lo que representaba su carácter revolucionario. Dado que dos veces (con la segunda y la tercera internacional) su partido internacional ha caído en manos de las fuerzas contrarrevolucionarias. No volveremos ahora a las circunstancias históricas que en los años 20 hundieron al proletariado en la contrarrevolución, después de haber cumplido, a escala internacional, el más heroico esfuerzo de emancipación de su historia, cuyo momento supremo fue la toma del poder en octubre de 1917 en Rusia. Después de esta época, el proletariado desapareció como partido político independiente, y por tanto como clase consciente de sus objetivos históricos. Y no tan sólo sus representaciones, tradiciones, cantos, banderas, emblemas se transformaron en los símbolos de su opresión, y su teoría revolucionaria fue aseptizada, desnaturalizada, caricaturizada, y transformada en instrumento de conservación social, sino que sociedades específicas del modo de producción capitalista (URSS, China, Cuba,) se han erigido como ejemplo del “socialismo real”.

 

Durante estos últimos años el proletariado sólo ha combatido como ala de extrema izquierda de la democracia, a remolque de los partidos de las otras clases. Al hacer esto, ha trocado su emancipación social en los países más desarrollados por: mejoras de su situación económico-social, la disminución del tiempo de trabajo, la elevación de su nivel y esperanza de vida, por la educación de sus niños, por el acceso a los tratamientos, etc., en resumen, por todo lo que caracteriza a la “democracia social”. Igualmente, ha impulsado la conquista de la democracia política ha ampliado el sufragio universal y el derecho de las mujeres. El número de países regidos por una constitución democrática, organizados en república democrática, no ha dejado de aumentar. De manera que el proletariado ha ido conquistado el campo de batalla que lo llevara a el último enfrentamiento con la burguesía, además ha dejado a la burguesía dirigir el desarrollo de las fuerzas productivas y conducirlo a un punto en cual las contradicciones se han acumulado, de tal modo que cada día es mayor la evidencia de la necesidad social de superarlas y de una sociedad sin clases

 

Incluso si le cuesta retomar su combate revolucionario, el proletariado mundial está siempre situado en condiciones que hacen de él, como única clase explotada, una clase revolucionaria, cuyo objetivo es la revolución comunista, la demolición completa de toda la arquitectura de la sociedad actual. Esta revolución constituye más que nunca una apuesta vital para la humanidad entera. Hasta ahora ninguna condición económica y social ha desmentido el objetivo esencial del “Manifiesto del partido comunista” de 1848.

 

La capacidad política del proletariado dependerá evidentemente de las circunstancias, del grado de preparación y de su energía para organizarse en partido político autónomo, a escala internacional, coherente en su programa revolucionario y opuesto a todos los otros partidos. Pero su capacidad histórica es permanente, puesto que se halla inscrita en el corazón de la relación social que caracteriza el modo de producción capitalista. El proletariado, la clase productiva, no crea sólo plusvalía, sino que también crea capital y reproduce a las relaciones capitalistas sociales de producción en su totalidad, proceso que se presenta en la sociedad capitalista, bajo una forma invertida y mistificada.

5.1.         El proletariado y su enajenación

En el corazón del trabajo productivo, en el corazón del proceso de producción, el proletariado produce, con su trabajo, un valor (reproducción del valor avanzado por el capital constante y el salario, más la plusvalía) que no sólo se autonomiza, sino que se vuelve en contra de él. Su trabajo se transforma, frente a él, en su contrario, es decir en capital. El proletariado está dominado por su propio trabajo que se le enfrenta. Este fenómeno es calificado por Marx de enajenación, es decir, que se hace ajeno a sí mismo. La explotación (que, recordémoslo, sólo concierne estrictamente al trabajo productivo y por tanto al proletariado) es al mismo tiempo una enajenación. Las otras clases son también víctimas del fetichismo del capital en general (la cosificación de las personas y la personificación de las cosas, el carácter fetiche de la mercancía y del capital o aún, el hecho de que el capital o la tierra aparezcan como fuentes autónomas de valor, seres dotados de vida capaces por sí mismos de producir valor), que oculta la verdadera naturaleza de las relaciones sociales, pero ellas no son capaces por sí mismas ni de la penetrarla mediante un análisis científico, ni de romperla, derribando la relación capitalista.

 

En el capítulo 1 expusimos los orígenes del modo de producción capitalista, y en el capítulo 2 expusimos el análisis de Marx sobre la mercancía. La aparición de la mercancía supone una sociedad en la cual los lazos comunitarios, que determinan a priori el marco de la actividad humana como una actividad social, son disueltos al menos parcialmente y al mismo tiempo la evidencia de las relaciones sociales desaparece. Cada productor produce de manera privada, y sólo entra en contacto con el otro por medio del intercambio. Pero se trata aquí del intercambio de productos, realizados con el trabajo, y que se presentan al mismo tiempo como mercancías, y no simplemente como objetos útiles. No sólo las relaciones humanas aparecen mediatizadas por el intercambio de mercancía, sino que este mismo intercambio es la condición para que exista una relación social entre individuos cuyas actividades son separadas y ejecutadas de modo privado. El hecho de que la socialización de los trabajos se efectúe por medio del intercambio, o sea, por una mediación que no es controlada por los individuos y crea de entrada oculta la realidad social, que Marx compara con un fenómeno religioso.

Desde que la producción mercantil se ha generalizado y la fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía, la mistificación que la acompaña se amplifica. Esta mistificación es tanto más potente cuanto más desarrollado está el modo de producción capitalista.

 

La clase capitalista como propietaria de la totalidad de los medios de producción y de cambio bajo todas sus formas, muestra su “cara productiva” y aparenta ser el elemento motor de la sociedad. En este sentido Marx habla de la inversión de las relaciones de producción donde el capital aparece como el productor de la riqueza social, cuando en la realidad no produce nada por sí mismo, y sólo se limita a coordinar y a poner en movimiento a todos los elementos necesarios para la producción, es decir el objeto de trabajo, los medios de trabajo, las herramientas, y el trabajador o el sujeto de la producción. De manera que el capital subordina así los elementos simples[23] del proceso de trabajo para sus propios fines de valorización y de reproducción; proceso de trabajo que ha mediado la relación entre el hombre y la naturaleza en todas las formas sociales de producción precapitalistas, y que es ha sido el fundamento de su desarrollo histórico.

 

La relación social capitalista enmascara pues, e invierte, la relación real subyacente. Así el capital aparece como “productivo”, creador de riqueza, cuando es el trabajo humano quien lo es en realidad[24]. Al impulsar el movimiento de conjunto, al perseguir la exacción máxima del plustrabajo, al desarrollar la fuerza productiva social del trabajo, el capital oculta al trabajo productivo realizado por el proletariado como la fuente de la plusvalía y le permite así el desarrollo de la civilización capitalista.

El proletariado produce no sólo la base material de la sociedad a la que él contribuye, igualmente, a reproducir y a ampliar, sino que reproduce y perpetúa igualmente al capital y la relación de explotación que le es inherente. Se desarrolla así una espiral infernal en la cual el proletariado crea un ser ajeno que se autonomiza y lo domina. El capital se enfrenta al proletariado en específico bajo la forma de instalaciones y máquinas, por ejemplo, pero también en una forma más general, más anónima, que lo domina y lo explota, de modo que los progresos de la ciencia y de la técnica se vuelven contra el trabajador.

 

Con la circulación y la concurrencia culmina la mistificación. El capital productor de interés, el capital ficticio, la tierra, aparecen como fuentes de ingreso sin relación inmediata con el trabajo. La igualación de las tasas de ganancia que interviene entre masas iguales de capitales que emplean masas desiguales de fuerza de trabajo obscurece igualmente un proceso que, de entrada, supera el marco del capital individual. En este proceso de igualación en la esfera de la circulación el capital comercial contribuye a hacer aún más opacas las relaciones sociales, mientras que el alea de los triunfos y los fracasos de los capitalistas individuales sometidos a la competencia contribuye igualmente a mistificar aún más la producción capitalista. Las fuerzas contrarrevolucionarias se apoyan a menudo, con éxito, en esta mistificación, y de buena fe, en tanto que son víctimas de ella... Por ejemplo, para incitar la colera de las masas, se señalarán a los bancos, las “finanzas", y capital financiero, mientras que adornamos al capital industrial con todas las virtudes. Se olvida así que es este último el que está en el corazón de la relación de explotación, que es él el que somete al proletariado y lo hace producir un monto máximo de plusvalía, la cual se transforma en ganancia, interés, renta e impuestos, que son objeto de disputas entre las diversas fracciones de la burguesía y sus acólitos.

 

En el curso de este proceso, toda la esencia del trabajo humano esta invertida, esta mistificada. por ello la relación social capitalista es la más violenta de la historia, puesto que es la negación misma del ser del hombre que es subordinado al capital, es decir, al proceso de valorización. Por muy violentas que fuera, las relaciones del maestro y el esclavo, del señor y del siervo, eran relaciones entre personas, y se identificaban claramente como relaciones de poder y de explotación. Espartaco sabía porque, contra que y contra quien podía y debía rebelarse.

 

En el modo de producción capitalista, la relación social, la relación entre las clases toma la forma de una cosa, el capital, el valor en proceso, que domina al proletario. De ahí esta impresión de impotencia que puede sentir el proletariado; el capital lo domina todo, aparece como el deus ex machina, como una fuerza naturalizada, tan inamovible como el cielo y las montañas, invencible. Sin embargo, es sólo una figura invertida de la realidad, y levantarse contra él, es poner el mundo sobre los pies. Tal es el papel de la teoría revolucionaria y –pues el arma de la crítica no podría reemplazar la crítica por las armas- el de la revolución. La revolución del proletariado moderno se diferencia de todas las que la han precedido, pues no se trata únicamente de llevar al poder una nueva clase capaz de desarrollar un nuevo modo de producción, sino de reunificar a la especie consigo misma y abolir definitivamente todas las condiciones de la explotación de una clase por otra.

 

Esto sólo es posible porque el modo de producción capitalista desarrolla, por su tendencia al crecimiento de la fuerza productiva social del trabajo, de las condiciones materiales objetivas para la construcción de una nueva sociedad que no tiene necesidad ni de la propiedad privada, ni de una clase dominante para desarrollarse. Es más, este desarrollo debe necesariamente pasar por la abolición de esta propiedad privada, que se ha convertido en un obstáculo insostenible. Las clases sociales deben ser suprimidas, no por razones morales, sino porqué son un obstáculo para el desarrollo social.

 

La escalofriante impresión de que no se puede superar la dominación del capital está ligada al hecho de que el proceso de explotación funciona como una espiral, donde toda la energía de la clase explotada se concentra frente a ella para reforzar y desarrollar las condiciones de su explotación. Sin embargo, este proceso, establecen al mismo tiempo las condiciones materiales para su destrucción, puesto que el proletariado al mismo tiempo que le da vida es la única clase que puede eliminarlo. Para lo cual le basta retomar su autonomía rompiendo el vínculo que le liga al capital para emprender la transformación revolucionaria de la sociedad, hacia la sociedad sin clases.

 

En el libro I del “Capital”, Marx describe así el comunismo:

 

“Imaginémonos finalmente, (…), una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social. Todas las determinaciones del trabajo de Robinson se reiteran aquí, sólo que, de manera social, en vez de individual. Todos los productos de Robinson constituían su producto exclusivamente personal y, por tanto, directamente objetos de uso para sí mismo. El producto todo de la asociación es un producto social. Una parte de éste presta servicios de nuevo como medios de producción. No deja de ser social. Pero los miembros de la asociación consumen otra parte en calidad de medios de subsistencia. Es necesario, pues, distribuirla entre los mismos. El tipo de esa distribución variará con el tipo particular del propio organismo social de producción y según el correspondiente nivel histórico de desarrollo de los productores. A los meros efectos de mantener el paralelo con la producción de mercancías, supongamos que la participación de cada productor en los medios de subsistencia esté determinada por su tiempo de trabajo. Por consiguiente, el tiempo de trabajo desempeñaría un papel doble. Su distribución, socialmente planificada, regulará la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como medida de la participación individual del productor en trabajo común, y también, por ende, de la parte individualmente consumible del producto común. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de éstos, siguen siendo aquí diáfanamente sencillas, tanto en lo que respecta a la producción como en lo que atañe a la distribución.”[25] 

 

5.2.        Después del modo de producción capitalista… el comunismo

La perspectiva de una sociedad sin clases, sin Estado, sin asalariados no es una idea filantrópica que se trataría de implantar en realidad. El comunismo sólo es posible porque sus fundamentos materiales, comenzando por la socialización de los medios de producción, han sido ya producidos en el marco del desarrollo del modo de producción capitalista. Hemos visto que, en su movimiento, el capital tiende a concentrarse y centralizarse, creando vastas redes industriales planificados a escala mundial en el marco de empresas transnacionales o multinacionales. (ver por ejemplo la producción del automóvil o la aeronáutica). Este desarrollo conduce, en el mercado mundial, a un tejido económico totalmente intrincado, donde es casi imposible distinguir y abstraer los enclaves que puedan ser protegidos de las crisis o escapar a las leyes de la producción capitalista.

 

Pero esta tendencia a expulsar a los pequeños productores, a reagrupar las fuerzas productivas, a racionalizar las técnicas a escala internacional se enfrenta a obstáculos inherentes al modo de producción capitalista. Es lo que Marx llama la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Estas últimas se hacen, en un momento dado del desarrollo histórico, demasiado estrechas. La misma producción exige una coordinación a una escala amplia, más allá de las fronteras, que se enfrenta a las relaciones de producción burguesas y nacionales. Habida cuenta del curso catastrófico seguido por el capital, convendría que las grandes políticas en materia de energía, de recursos naturales, de agricultura, de organización del espacio, de producción manufacturera, sean decididas y guiadas conscientemente a escala mundial, según los intereses de los productores asociados y no según las exigencias de producción de plusvalía que caracterizan a la producción capitalista. El capital conoce así una contradicción insostenible, pues su propio interés le empuja a unificar cada vez más el aparato productivo y la organización de la circulación de las mercancías y del dinero, a desarrollar la fuerza productiva del trabajo como si no tuviera límite, pero no puede empujar hasta su término sin negarse a sí mismo. Esta contradicción, como hemos visto, se manifiesta regularmente por crisis de superproducción potencialmente cada vez más graves. La propiedad privada, el trabajo asalariado, así como la división social del trabajo se han convertido, de factores de desarrollo histórico en los inicios de la historia del capital, en verdaderos obstáculos para el desarrollo posterior de la humanidad. Como una forma comprimida en un marco demasiado estrecho, la base comunista que se encuentra en el corazón de la sociedad burguesa solo pide florecer a condición de que una fuerza suficientemente poderosa haga volar en pedazos este marco estrecho.

 

La misma propiedad privada, a través de movimientos como la nacionalización, regionalización, municipalización y otras formas de capital público, las cooperativas y las sociedades anónimas que permiten a la vez centralizar el poder y dispersar la propiedad (holdings, inversores institucionales, fondos de pensiones) toma un carácter social, aboliendo la propiedad privada en el marco de la propiedad privada. Desde un punto de vista materialista, esto constituye una de las bases para el desarrollo del comunismo, que no es un ideal inalcanzable, sino una necesidad provocada por el mismo desarrollo de la sociedad.

 

Un mercado mundial es una condición de la existencia del capital. Marx veía en él una de las condiciones materiales para el desarrollo del movimiento comunista a escala internacional que él deseaba. Con el fracaso de las revoluciones de 1848 en Europa, Marx y Engels se interrogaban sobre el hecho de que la revolución pudiera ser sofocada “en este pequeño rincón del mundo” mientras que el capital conocía aún perspectivas de expansión considerables sobre el resto del globo. Por su lado, el estalinismo ha forjado y se ha servido de la doctrina del “socialismo en un solo país” para desarrollar las relaciones de producción capitalistas en Rusia y dominar, sofocándolas, todas las expresiones autónomas del comunismo a escala internacional. El comunismo está en total contradicción con la idea de un desarrollo nacional, sólo puede existir a escala internacional y mundial. Hoy en día, el desarrollo considerable del modo de producción capitalista sobre el conjunto del planeta, incluso teniendo en cuenta los niveles desiguales de este desarrollo según las regiones, hacen que las posibilidades materiales para el paso a una sociedad sin clases estén más que maduras.

 

 

 

Marx, en sus diferentes trabajos, ha descrito poco o definido explícitamente el comunismo y su contenido. Pero cada vez que expone el tema, lo presenta como el cambio radical de la situación presente, como la recuperación de las funciones vitales de la especie humana al romper y salir del caparazón capitalista. El comunismo es una sociedad que abole el trabajo alienado, el trabajo asalariado, y articular sobre una base superior al trabajo necesario y al trabajo libre. Por medio de la socialización de los medios de producción y de cambio, donde la comunidad de los productores asociados toma las decisiones y organiza la sociedad. El libre desarrollo de cada uno, es decir de las individualidades, pasa por la reducción del trabajo necesario y su distribución entre todos los miembros de la sociedad en edad y capacidad de trabajar. Al mismo tiempo que se desarrolla la formación tecnológica, la sociedad lucha en contra de la división social del trabajo, generalizando el trabajo manual, la polivalencia de las actividades, y eliminando el antagonismo entre la ciudad y el campo.

 

En el comunismo, el dinero y la forma valor de los productos del trabajo desaparecen y se le reconoce al individuo su participación en el trabajo social durante un tiempo determinado (tiempo que se reducirá considerablemente en relación con el tiempo trabajo necesaria actual). A cambio del cual el individuo podrá consumir lo suficiente para satisfacer sus necesidades, de forma limitada en un primer momento, y posteriormente sin límites, más que los dados por la saciedad y del sentido común; una vez descontados los elementos útiles para la expansión de la sociedad, para el consumo colectivo y para los miembros de la sociedad que no pueden o ya no pueden trabajar,

 

La revolución apunta a la abolición del trabajo asalariado con lo cual la comunidad de los trabajadores asociados la relación de dominación entre el poseedor de los medios de producción y el proletario desaparece y así la mediación de la comunidad, el trabajo del individuo deviene inmediatamente social.

Este carácter inmediatamente social de la producción ha sido subrayado muchas veces por Marx para el cual en el comunismo “por oposición a lo que sucede en la sociedad capitalista, los trabajos individuales no forman ya parte integrante del trabajo común mediante un rodeo, sino directamente”. (Crítica del programa de Gotha)[26]

 

El rodeo del que habla Marx no es otro que la relación mercantil que liga la clase capitalista al proletariado, relación que sólo puede existir a condición de que la primera posea el monopolio de los medios de producción y de cambio y la segunda únicamente su fuerza de trabajo. Alterar los términos del intercambio es permitir que la verdadera esencia humana del trabajo se manifieste, y que la productividad del trabajo adquirida por el desarrollo del maquinismo sirva verdaderamente a las necesidades humanas y que no sea ya dirigida enteramente para y por la valorización máxima del capital.

 

Lo que era ya válido en tiempos de Marx lo es infinitamente más actualmente. Todas las condiciones para abolir la propiedad privada de los medios de producción y del intercambio y gozar de una organización colectiva de la sociedad están muy maduras.

 

5.3.        Las condiciones de la ruptura revolucionaria.

Para eso, hay que volver a las contradicciones que por la naturaleza y la forma de la organización económica y social. socavan a este modo de producción. El capital al impulsar la productividad del trabajo social y desarrollar las fuerzas productivas crea las condiciones materiales de una nueva sociedad … Con lo cual el mismo capital pone en evidencia que las relaciones específicas de producción del modo capitalista de producción limitan este desarrollo. Por lo que es necesario un nuevo modo de producción y unas nuevas relaciones de producciones propias de una sociedad sin clases, que le permitan a la humanidad dejar atrás la prehistoria y transitar hacia una forma social que le faculte dirigir su futuro de manera consciente. El marxismo demuestra que este es un fenómeno social ineludible y que la historia del modo de producción capitalista es la «de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las relaciones modernas de producción». Esta revuelta se manifiesta regularmente por medio en las crisis, durante las cuales el capital, cualquiera que sea su forma (máquinas, dinero, mercancías, fuerza de trabajo…) se desvaloriza brutalmente: mercancías destruidas, máquinas paradas, quiebras, deflación, desempleo

 

Dicho de otro modo, el aumento de la productividad del trabajo social, garantizada por el maquinismo y la incorporación de la ciencia a la producción, asegura que la sociedad actual transite necesariamente hacia una sociedad de abundancia, por lo que este factor es una amenaza para los fundamentos de sociedad burguesa.

 

 

 

 

Por lo tanto, llega un momento en que el capital y la clase capitalista no sólo pueden ser derrocados porque se ha desarrollado de manera suficiente la base material del trabajo colectivo y social -liberado de las restricciones mercantiles y de la valorización del capital- sino porque ello debe asegurar la continuidad de la historia humana.

 

Pero esto no puede ser ni gradual ni mecánico. Si la sociedad está embarazada de una sociedad sin clases, el bebé es tan grande que hay que sacarlo con fórceps del vientre de una mala madre que está dispuesta a abórtalo. No puede existir una transición “espontánea” ni “natural” hacia el comunismo a partir del momento en el cual las fuerzas productivas hayan alcanzado un nivel avanzado. Es necesaria una revolución, una discontinuidad que permita romper con   los mil hilos del mercantilismo. La primera condición de ésta es la conquista del poder político por el proletariado organizado en partido político distinto y opuesto a los otros partidos

 

De la misma manera que el capital produce las condiciones de su propia superación, él produce la clase que realizara la sentencia: el proletariado. Marx escribe: “El proletariado es revolucionario o no es nada”. Y sólo es proletario en tanto que es portador de esta potencia revolucionaria, y en tanto que clase consciente organizada en partido político, poseedor de una concepción científica del mundo, el marxismo, capaz de prever y esclarecer una acción dirigida hacia el derrocamiento del poder burgués y su sociedad.

 

Marx y Engels consideran que sólo a través de su constitución en partido político independiente el proletariado existe como fuerza social organizada y, por tanto, consciente. En “La cuestión de la vivienda”, Engels resume así “las concepciones del socialismo científico alemán: necesidad de la acción política del proletariado y de su dictadura como transición hacia la abolición de las clases y con ello del Estado” Él precisa estas ideas. «han sido expresadas en el Manifiesto del Partido Comunista e innumerables veces desde entonces». En estos otros pasajes se plantea claramente la condición de la «constitución del proletariado en partido político».

 

Al tomar las medidas adecuadas para desmantelar el Estado burgués, abolir la propiedad privada, la circulación de mercancías, el proletariado revolucionario rompe el círculo infernal que transforma el trabajo del proletario en su contrario al mismo tiempo que reorienta las fuerzas productivas de la sociedad; lo que no significa que el comunismo pueda realizar inmediatamente su programa integral, sino que existe un salto cualitativo que hace pasar, potencialmente, la sociedad de una esfera a otra; esta fase de transición política es lo que Marx y Engels llamaron la dictadura del proletariado.

 

 

 

 

Un partido revolucionario deberá definir las medidas que, actualmente, sobre la base del desarrollo de las fuerzas productivas modernas, incomparablemente más desarrolladas que las de 1848, serán necesarias para romper la máquina de Estado y conducir la sociedad hacia una sociedad sin clases.

Un partido revolucionario deberá definir las medidas que, en este momento, serán necesarias para destruir la maquinaria del Estado y conducir a la sociedad hacia una sociedad sin clases. En el marco actual del desarrollo de las fuerzas productivas modernas, infinitamente más desarrolladas que en 1848,

 

Estas medidas, que pueden variar de un país a otro y cuya aplicación dependen, en parte, del estado de la relación de fuerzas y de la situación revolucionaria internacional, podrán parecerse a éstas:

 

 

6.         Conclusión

 

El modo de producción capitalista ha jugado un papel fundamental para el desarrollo de la humanidad: al desarrollar la productividad social del trabajo, el maquinismo, al crear el mercado mundial, al unificar de manera creciente las condiciones de la producción y del cambio, y, sobre todo, al crear una clase internacional, el proletariado, capaz de controlar con sus manos el aparato productivo y conducir a la sociedad hacia una forma social donde no existan ni explotadores ni clases sociales. El modo de producción capitalista ha creado las condiciones sociales y materiales necesarias para el paso hacia una forma social superior, el comunismo.

 

Empero, la supervivencia y la continuidad del modo de producción capitalista, su apropiación creciente de todos los medios de producción y de consumo no implica más que la continuación de su carrera loca hacia catástrofes cada vez más grandes para la humanidad. Al proseguir con el desarrollo de la productividad social del trabajo, el capital continúa con su carrera hacia la maximización de la plusvalía subordinando a una masa creciente de proletarios al proceso de valorización y engendrando así un ejército industrial de reserva creciente. Al arruinar las otras formas de producción, crea igualmente una situación en la cual centenares de millones de campesinos mexicanos, brasileños, chinos, africanos, etc. y millones de desempleados y marginados de Europa y de los Estados Unidos no podrán encontrar un lugar en una sociedad basada en la explotación del proletariado. Todo ello a pesar de que existen todas las condiciones materiales para crear un marco de vida armonioso para la humanidad, que posibilite la eliminación de las hambrunas, de las crisis, de las guerras y otras catástrofes que están en el menú del siglo XXI. Sólo el proletariado puede levantarse para derribar el orden social burgués actual e instaurar una sociedad sin clases: el comunismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Discurso de Louveira

 

 

 

 

DISCURSO DE ROBIN GOODFELLOW EN EL 11° CONGRESO DEL SINDICATO DE METALURGICOS DE CAMPINAS Y DE SU REGION CON MOTIVO DEL LANZAMIENTO DE LA VERSION DE ESTE LIBRO EN PORTUGUES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

Este discurso fue pronunciado ante 500 delegados que representaban a 200,000 obreros, en su mayor parte metalúrgicos de Brasil, organizados en el “Sindicato de metalúrgicos de Campinas y región”, para la construcción de la Intersindical (http://www. metalcampinas.com.br/).

 

 Durante el congreso, 2.000 ejemplares de nuestro libro fueron impresos y difundidos gratuitamente a iniciativa del sindicato.


 

Texto del discurso

 

 

Camaradas,

 

Ahora nos presentaremos con más detalle y les presentaremos el libro titulado “El marxismo resumido. De la crítica al capitalismo a la sociedad sin clases». Robin Goodfellow es el seudónimo de un pequeño grupo de militantes de diversos países (Francia, Brasil, México, España...) que se dedica desde hace 40 años a la defensa de la teoría y de los principios marxistas. Nos situamos en la tradición del marxismo revolucionario que se afirma con la publicación del Manifiesto del Partido Comunista. Consideramos que esta teoría es la única que no solamente nos proporciona una explicación coherente del mundo, de las tendencias de la economía capitalista, sino que nos da una orientación para las luchas prácticas por la emancipación del proletariado, ¿que nos enseña el marxismo?... 

 

El marxismo. nos demuestra que:

·       cualquiera que sea la determinación del proletariado en sus luchas cotidianas,

·       cualesquiera que sean los resultados obtenidos a través del combate cotidiano por las reivindicaciones y los derechos,

·       cualquiera que sea la «prosperidad» de la economía capitalista y la posibilidad para el trabajador de mejorar su estado,

·       cualquiera que sea el progreso científico y técnico y sus promesas generales de mejora de las condiciones de trabajo y vida…

...el capitalismo no puede ofrecer a largo plazo, de manera duradera, una vida segura, un nivel de vida suficiente, un futuro sin miedo a lo que vendrá, para los trabajadores y sus familias.

 

Por el contrario, los factores que hemos enumerado se contraponen al proletariado:

 

·       el alza de salarios y la lucha de clases potencian la automatización, la cual implica desempleo;

·       la buena salud de la economía capitalista no es más que una forma de crear cadenas doradas para el proletariado, rebajando su salario relativo;

·       a la momentánea prosperidad suceden de forma necesaria las crisis que revierten las reivindicaciones ganadas en las fases de prosperidad;

·       en cuanto al progreso técnico y científico, va dirigido directamente contra el proletariado a fin de incrementar y refinar su explotación.

 

Y esto ¿por qué?

 

Porque el capital, como el marxismo demuestra, únicamente tiene un objetivo: la maximización de la plusvalía, la maximización del trabajo gratuito, para acto seguido repartir esta plusvalía entre las diferentes fracciones de las clases explotadoras: el capitalista industrial, el capitalista comercial, el capitalista bancario, el propietario inmobiliario, sin olvidar al Estado.

 

Nada de lo obtenido es definitivo, ningún derecho, ninguna “reforma» pueden considerarse como definitiva; para tener una vida segura sin incertidumbre, sin miedo del futuro, el proletariado debe de tomar el poder para sí mismo la dirección de la sociedad.

 

Esto implica el fracaso del reformismo. Las posiciones reformistas, los compromisos con la burguesía o con su Estado tienen como único resultado la parálisis del proletariado y la derrota en las luchas. Pero, junto con este objetivo histórico que se debe siempre recordar y defender ¿cuál ha sido la situación después de 40 años? ¿En qué período del desarrollo económico del capital nos situamos?

 

En 1975, la burguesía occidental estaba aturdida. La primera gran crisis de la postguerra, una crisis que no se podía negar, se había manifestado. Los economistas, los periodistas y los políticos se apresuraron a culpar de la misma a un choque externo, concretamente al alza del precio del petróleo, esperando que esto no volviera a producirse. La crisis fue denominada “crisis del petróleo”, a fin de no llamarla “crisis de sobreproducción”, crisis específica del modo de producción capitalista. Se manifestó así en 1975 un ciclo de alrededor de 6 años, como parte de los ciclos que comenzaron a finales de la segunda guerra mundial, pero cuyas secuelas habían sido hasta entonces menos potentes.

 

Esta crisis provocó una serie de reestructuraciones y una nueva división internacional del trabajo, que afectaron al aparato productivo. Como resultado de este movimiento, la burguesía occidental experimentó un gran alivio, porque una divina sorpresa la aguardaba: las cifras mostraban que el número de individuos que la estadística burguesa consideraba como obreros disminuía. Con gran satisfacción, saca inmediatamente la conclusión de que el marxismo estaba definitivamente refutado. Empieza a soñar con empresas sin proletarios, con plusvalía sin trabajo asalariado y sin lucha de clases.

 

Mas tarde, cuando bajo la necesidad de integración en el mercado mundial y la presión del imperialismo americano, los falsos socialismos de Estado de Europa reconocen su verdadera naturaleza, un nuevo vértigo se apodera de la burguesía. Se lanza en cuerpo y alma a la reorganización del mercado mundial, al desarrollo capitalista acelerado de zonas en las que las fuerzas productivas tenían un gran futuro. Esta búsqueda nuevos mercados, de nuevas ganancias, de producción de mercancías a precios más bajos y, con ella, la perspectiva de producir más plusvalía relativa tenía que engendrar efectos colaterales. Por un lado, una parte de la burguesía se hace cosmopolita, vinculada por las relaciones internacionales. Por otro lado, las viejas burguesías nacionales se encuentran amenazadas mientras que se desarrollan nuevas burguesías nacionales en los Estados más jóvenes. Pero alcanzan acuerdos, en tanto que se trata de dominar al proletariado.

 

Frente a esta nueva competencia, los viejos Estados capitalistas no supieron mantener la paz social más que endeudándose. El endeudamiento fue la solución que encontraron para sostener la producción de plusvalía enfrentada a las crisis que ahora se repetían regularmente. Hoy, la droga del endeudamiento y del exceso de crédito ha alcanzado tal grado de normalidad que la simple amenaza de su reducción provoca convulsiones. Por un lado, los Estados Unidos de América, aplicando su talón de hierro sobre los riñones de los pueblos del mundo, continúan viviendo del crédito, sabiendo perfectamente que jamás devolverán su deuda. Por otro lado, en la vieja Europa, las burguesías cortas de luces y belicistas, afectadas por los desastres de dos guerras mundiales que fueron necesarias para abatir al proletariado y regenerar el capital, intentan superar los Estados Nacionales (creación de la Unión Europea y del euro). Aunque estos hechos sean históricamente importantes, esas burguesías actúan como un conjunto desestructurado y no como un conjunto político.

 

Cuando estalló entre 2007-2008 la mayor crisis, desde 1929, los Estados Unidos y Europa estaban en plena confusión

 

La Europa que reúne al 10% de la población y el 40% de los gastos sociales es la sede de una intensa lucha para hacer pagar al proletariado el coste de la ineptitud de la burguesía para dirigir las fuerzas productivas sociales. Por todos los medios, esa burguesía intentará reducir el nivel de vida del proletariado a un nivel medio y si fuera posible a uno bajo.

Vean que sucede en Europa, en particular en los países del sur como Grecia, España, Portugal, Italia. En estas regiones (pero también en Francia y en Alemania) la clase capitalista experimenta medidas de política para ver hasta qué punto es posible hacer retroceder al proletariado. La burguesía internacional y sus grandes instituciones (FMI, Banco Mundial o Banco Central Europeo) no tiene elección y hacen de estas regiones un gran campo de batalla y de experimentación:

 

¿Un descenso global de salarios del 15% es posible?

¡Si, es posible!

¿Es posible mantener desempleada a la mitad de la juventud trabajadora?

¡Si, es posible!

¿Es posible expulsar a los obreros de sus viviendas?

¡Si, es posible!

¿Es posible degradar el sistema de salud y el sistema de enseñanza?

¡Si, es posible!

¿Es posible aumentar el tiempo de trabajo, retrasar la edad de jubilación y disminuir el importe de las pensiones?

¡Si, es posible!

 

Y todo ello es posible porque la clase capitalista acomete y lleva adelante su combate en contra del proletariado, y porque el proletariado europeo deja su destino en las manos de sindicatos amarillos y partidos reformistas; y no está consciente de ninguna relación entre las luchas de defensa inmediata por la supervivencia cotidiana, los salarios, las condiciones de trabajo, la salud, la educación y el necesario combate para abatir definitivamente al capital.

 

Además, se comete un error fundamental cuando se acusa a los banqueros, a las finanzas internacionales, a los “ricos”. Lo que el marxismo nos enseña –y que siempre hay que repetir- es que el sistema, el modo de producción capitalista reposa sobre la explotación del proletariado por el capital industrial. Y que acto seguido, las diferentes fracciones de la clase capitalista se reparten la plusvalía producida bajo diferentes formas: ganancia, renta inmobiliaria, intereses...

 

Esta ausencia de conciencia del origen de la explotación, esta crítica superficial únicamente del capital financiero, del banquero, ha hecho que todos los movimientos de protesta en Italia y en Portugal hayan permanecido bajo el control de las clases medias, rechazando organizarse sindical y políticamente.

Mas, sin embargo, los capitalistas compiten entre ellos a nivel nacional e internacional y administran esta competencia enfrentando y acentuando la competencia entre sus propios trabajadores. Por lo que el proletariado deberá de responder mediante la cooperación, la solidaridad de clase, la unificación y la movilización conjunta. Sin embargo, estas acometidas por parte del capital en contra del proletariado van a tener como consecuencia el renacimiento del socialismo en Europa.

 

Después de haber enterrado al proletariado y al marxismo, después de haber decretado el fin del trabajo productivo, la burguesía tomó conciencia de que su Estado vive a expensas de la plusvalía extraída a los proletarios. Mientras que en Europa se reducen millones de empleos industriales en China, en la India, en Brasil, y en Asía en el África negra etc...  crecen.  Es decir, al mismo tiempo que se desarrolla el capital, se desarrolla un proletariado joven, moderno, que no ha sufrido las derrotas del viejo, que no está alienado por los milagros del crecimiento, que no está hipnotizado por la rutina democrática y que se coloca a la vanguardia del proletariado mundial.

 

El internacionalismo no es sólo para el proletariado un deber, sino una necesidad. En 1864 se celebró en Londres un congreso convocado por los sindicatos, asociaciones y organizaciones obreras; en el que se funda la Primera Internacional. Pero, en aquella época, el campo de batalla estaba limitado principalmente a Europa (Inglaterra, Francia y Alemania), mientras que hoy está integrado por el mundo entero, con una clase proletaria mundial que representa una fuerza gigantesca internacional. Por esta razón es muy importante que este proletariado mundial encuentre un camino autónomo, que se libere de la influencia de los sindicatos amarillos y de los partidos reformistas para afirmar sus propios objetivos, es decir la conquistar el poder político y la destrucción del Estado burgués.

 

¿Cuál es la situación en el mundo actual respecto de este objetivo de clase?

Innegablemente, la última crisis cíclica de 2007-2008, la más grave desde 1929, ha producido una ola de agitación de desigual alcance a nivel internacional, pero que anuncia futuros combates. En los países árabes, la lucha ha sido principalmente política, con el objeto de conseguir regímenes democráticos que, hasta cierto punto, favorecen la libre organización del proletariado (libertad de prensa, de organización de reunión, etc.). Desde hace más de dos años, la dinámica de estas luchas no ha terminado y numerosos acontecimientos están por venir, siendo el más importante la necesaria movilización de las masas obreras de las grandes ciudades proletarias de Egipto, de Túnez y de otros países árabes. La influencia de la denominada “primavera árabe” se ha hecho sentir en el mundo entero, en el sentido de que ha demostrado que las ocupaciones de plazas y calles, la movilización permanente, la organización en los barrios, eran formas importantes de luchas, pero sin que emerja un movimiento obrero autónomo capaz de dirigir la lucha. Los obreros estaban en las calles y en las luchas, pero dirigidos por clases medias modernas, incluyendo los jóvenes de las clases medias recientemente salidos de la condición proletaria, con estudios, etc., pero que no veían su futuro en un sistema capitalista que los excluye.

 

Hemos visto este tipo de movimiento en España, en Portugal, en Grecia, en Italia y en los EE. UU., y más recientemente en Turquía y en Brasil. El problema es que estos movimientos no ven que el único futuro de la humanidad reside en la abolición de las clases sociales para desarrollar una sociedad en la que nadie pueda apropiarse del trabajo de otros. Además, los llamados sindicatos y partidos de “izquierda” no asumen desde hace mucho tiempo esta posición de clase, defendida por el marxismo y que es el único sendero de la lucha revolucionaria.

 

En Francia, el nivel de la lucha de clases es en la actualidad particularmente bajo. El proletariado se muestra apático, y reina un fatalismo en cuanto a los efectos de la última crisis. Por el momento, Francia no conoce medidas tan drásticas como las aplicadas en España o en Italia y, en consecuencia, se dan pocas movilizaciones. Y cuando hay luchas, por ejemplo, con motivo del cierre de fábricas, estas son rápidamente controladas por las fuerzas reformistas que impiden tanto el desarrollo de las luchas como su extensión a los diferentes sectores del proletariado para llegar a una crisis política y social más general del capital.

 

Sin ilusiones, las últimas elecciones llevaron al poder a una coalición de izquierda (socialistas, ecologistas), cuyo papel reside en recubrir con una capa “social” las medidas dirigidas en contra del proletariado. Por ejemplo, en septiembre el Estado capitalista francés prepara una nueva ofensiva en contra de las pensiones, esta política es idéntica a la realizada por la derecha hace tres años; los proletarios están preparados para ver con sus ojos la naturaleza auténtica de las medidas del nuevo poder, pero sin sacar las lecciones sobre la necesidad de organizarse de manera independiente y retomar el camino de la lucha de clases.

 

De este modo, en todas partes estamos ante un vacío: el potencial de una revuelta es enorme dado que cada día que pasa el modo capitalista de producción demuestra su inutilidad, pone en evidencia la incompetencia de su organización y el carácter catastrófico del curso de su modelo de desarrollo. La competencia entre los Estados imperialistas tan sólo puede conducir, finalmente, a una guerra mundial de consecuencias terribles.

Pero para que este potencial se active será necesario reencontrar el camino de la lucha de clases, intransigente, con un objetivo claro y radical y únicamente el proletariado puede llevar a cabo ésta lucha. En esta lucha, los países de reciente industrialización, e intensamente industrializados, como Brasil, China o la India disponen de una enorme energía para lanzar importantes movilizaciones. En China la cuestión democrática proporcionará un fuerte impulso a la lucha de clases. Esperamos mucho de la revolución democrática que no dejará de sacudir China en los próximos años y estamos convencidos de que el proletariado tendrá un gran papel que jugar para abatir a la clase dirigente.

 

Con la teoría de Marx y de Engels colectivamente tenemos un arma potente que no ha sido superada en el siglo y medio transcurrido desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista. Al contrario, todo el curso catastrófico del capital, todo el desarrollo contradictorio de una inmensa riqueza y una miseria infame, todo ello confirma la validez del marxismo. Esta teoría debe ser aplicada a las realidades del momento, a la situación económica y política internacional, a la correlación actual de fuerza entre las clases y especialmente entre la clase proletaria y la burguesía internacional.

 

En todo el mundo, la crisis de 2008 trajo un interés creciente por Marx, presentándolo como un economista genial que habría previsto las crisis. Pero para Marx la crisis simplemente es la expresión del hecho de que el capitalismo esta atravesado por contradicciones insolubles, que es un modo de producción ineficaz para llevar la sociedad a un estado de bienestar, y que su misma existencia amenaza ahora la supervivencia de la humanidad. No se puede disociar el análisis económico, que descifran el funcionamiento de la explotación, de las conclusiones revolucionarias que muestran que el mismo capitalismo desarrolla las condiciones para el desarrollo de una sociedad sin clases y en donde la explotación habrá desaparecido. Así, el socialismo no se “construye” sino que se libera de las ataduras de la sociedad burguesa.

 

Camaradas, es necesario tener una teoría para guiar la acción. Es necesario tener una teoría correcta. Es necesario mantener la coherencia y la fuerza revolucionaria de la teoría que ha guiado al proletariado en sus luchas a través de la historia.

 

Todo obrero consciente debe también estudiar, leer, formarse en la teoría revolucionaria. ¡De esa manera, camaradas, este libro es un arma! Un arma para reforzar nuestra capacidad de lucha colectiva en contra del capital.

 

La lucha cotidiana debe forzosamente desembocar en luchas más amplias, más profundas, en las cuales se encuentra comprometida la relación de fuerza de la sociedad misma, del trabajo, de las relaciones de producción. En el curso de estas luchas se dibuja el destino final de la sociedad: o el avance para la liberación de las fuerzas productivas y el fin de la explotación, o la destrucción de la sociedad.

 

Camaradas, sabemos que Francia, por su historia, por su pasado revolucionario, tiene la reputación de ser un país de luchas en donde los combates de clase son importantes. Pero por el momento, esto no se verifica. El malestar social se expresa a través de un aumento de las tensiones religiosas y un interés creciente por los partidos de extrema derecha y por el rechazo de la política tradicional. Por ello, tenemos mucho que aprender de la situación aquí en Brasil, de vuestra estrategia y de vuestra movilización. A nuestro regreso realizaremos la mayor difusión posible para mostrar a los trabajadores de Francia quienes son sus aliados, sus auténticos hermanos de clase, contra todo tipo de reformismo y de colaboración de clase.

 

Tal vez estemos viviendo un acontecimiento histórico de gran envergadura, el regreso decidido del proletariado a la escena histórica, los primeros pasos de su renovación, los primeros pasos para su constitución en partido político distinto, los primeros pasos para la reapropiación de su teoría y de su programa histórico. En este caso, será el proletariado del Brasil quien primero habrá abierto la vía de la renovación. Este libro, del que habrá que corregir defectos, constituye pues el primer testimonio de la voluntad del proletariado de existir como clase revolucionaria, de retomar el camino de conquista del poder político a escala internacional, de retomar la herencia gloriosa del proletariado internacional, y mejorarla.

 

¡Viva la lucha y la unidad internacional de la clase proletaria!

¡Por una sociedad sin fronteras ni clases!

¡Proletarios de todos los países, uníos!

 



[1]  O Arbeitskraft en alemán.

[2] “Según una definición clásica, fuerza es todo agente capaz de modificar la cantidad de movimiento o la forma de los materiales. No debe confundirse con los conceptos de esfuerzo o de energía.” (https://es.wikipedia.org/wiki/Fuerza)

[3] De acuerdo con la física moderna la potencia es la cantidad de trabajo efectuado por unidad de tiempo, el trabajo es “el producto de una fuerza aplicada sobre un cuerpo y del desplazamiento del cuerpo en la dirección de esta fuerza. Mientras se realiza trabajo sobre el cuerpo, se produce una transferencia de energía al mismo, por lo que puede decirse que el trabajo es energía en movimiento”. (https://www.ecured.cu/Trabajo_(F%C3%ADsica)).

[4] O Arbeitsvermögen en alemán

[5] ”Una parte del valor de uso en la que el capital se presenta dentro del proceso de producción es la propia capacidad viva de trabajo, pero es una capacidad de trabajo de una especificidad determinada , correspondiente al particular valor de uso de los medios de producción, y es capacidad de trabajo impulsora, una fuerza de trabajo que al manifestarse se orienta a un fin y que convierte a los medios de producción  en momentos objetivos de su actividad , haciéndolos pasar (…) de la forma originaria de su valor de uso a la nueva forma del producto” Karl Marx, El capital libro I Capítulo VI (inédito). Resultados del proceso inmediato de producción, Editorial Siglo XXI, p.9.

[6] Las definiciones científicas dadas por el marxismo las recordaremos en el próximo capítulo.

[7] Expresión francesa que quiere decir sin asilo o errantes.

[8] Marx, K. (1975). El Capital, Critica de la Economía política . Ciudad de México, México: Siglo XXI.

 

[9] Se trata del primer cambio que experimenta el proceso real de trabajo por su subsunción bajo el capital. Marx, K. (1975). El Capital, Critica de la Economía política . Ciudad de México, México: Siglo XXI.,p.407

[10]   Marx, K. (1975). El Capital, Critica de la Economía política . Ciudad de México, México: Siglo XXI,p.391.

[11] Es decir, una manufactura que reúne a uno o varios oficios, sin modificarlos aún, bajo la influencia de la división del trabajo. Este tipo de manufactura está en el origen de la manufactura característica del período manufacturero

 

[12] Marx, K., 1867. El capital: critica de la economia politica, Tomo I, Libro I. Cuarta edicion en Español, 2014 ed. México: Fondo de Cultura Económica.

[13] Marx, K., 1867. El capital: critica de la economia politica, Tomo I, Libro I. Cuarta edicion en Español, 2014 ed. México: Fondo de Cultura Económica. p 331.

[14] En la antigua Roma, el proletario (proles) era aquél cuya única riqueza es su linaje.

[15] Marx, K. (1975). El Capital, Critica de la Economía política . Ciudad de México, México: Siglo XXI

[16] Para profundizar sobre este tema, ver Robin Goodfellow, “Fundamentos de las crisis. El marxismo de cátedra y las crisis”

[17] Simonde de Sismondi, Jean Charles Léonard, 1779-1842. Nouveaux principes d´économie politique, ou De la richesse avec la population, J.-C.-L. Simonde de Sismondi…2. Ed. Paris, Delaunay, 1827.

[18] Por ejemplo, la ignorancia, la codicia, la garantía de los Estados, las proezas técnicas tanto en materia de ingeniería financiera como de automatización de las decisiones…, son factores que empujan a reducir este riesgo, mientras que en otro momento lo amplifican.

[19] Ahora, más de la mitad de la población mundial es urbana (5% en 1920) y la mayor parte de ella se aglomera en las grandes ciudades.

[20] Marcel Mazoyer, Proteger a los campesinos pobres en un contexto de mundialización, FAO.

[21] La ley del valor se modifica profundamente en su aplicación internacional en la medida en qué en el mercado del mundo el trabajo más productivo adquiere un valor social más importante cuanto que la concurrencia no le obliga a bajar este valor. Por este hecho una hora de trabajo en un país más desarrollado puede intercambiarse contra tres horas en el menos desarrollado, por ejemplo. Si estos dos países mantienen intercambios el primero explota al segundo. Por ejemplo, Francia y Brasil tienen a partir de ahora un PIB comparable, pero para obtenerlo el Brasil debe emplear una población activa que es el triple, y gastar por tanto globalmente tres veces más de trabajo que Francia (hacemos aquí abstracción de las diferencias en el tiempo de trabajo anual como en la importancia relativa de las clases improductivas). También sobre esta ley se apoyan las grandes empresas multinacionales para repartir la producción a escala mundial según sus intereses, esquivando las políticas fiscales y sociales de los Estados y haciendo al mismo tiempo presión sobre ellas.

[22] Por ejemplo, el automóvil no ha dejado de evolucionar en equipamientos y opciones. Su precio relativo no ha bajado mucho, se ha mantenido, a despecho de los progresos de la productividad y de las substituciones de materiales (fenómeno que puede jugar en los dos sentidos).

[23]  Marx, K. (1975). El Capital, Critica de la Economía política (Vol. I). Ciudad de México, México: Siglo XXI., pag.216.

[24] Puede verse una ilustración vulgar de este hecho en los discursos de los patronos cuando es cuestión de la “asunción de riesgos” de la “responsabilidad” del emprendedor, etc. Los patronos tienen la costumbre de decir que ellos “dan trabajo”, cuando es a la inversa, es el proletario quien da gratuitamente una parte del tiempo de utilización de su fuerza de trabajo. Cuando el proletario interioriza este argumento, resulta esto: «pero quien me dará trabajo si ya no hay patronos?”.

Engels escribe claramente: “Desde el principio, hemos visto que esta pretendida “productividad del capital» no es nada más que esta cualidad que le es inherente (en las condiciones sociales actuales, sin las cuales no sería lo que es) de poder apropiarse el trabajo no pagado de trabajadores asalariados.” (La cuestión del alojamiento)

 

[25] Marx, K. (1975). El Capital, Critica de la Economía política (Vol. I). Ciudad de México, México: Siglo XXI., pag.96

[26] Marx, K. (1891). Critica al programa de Gotha., Neue Zeit,. www.elaleph.com. pag.25, http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Karl%20Marx%20 %20Critica%20del%20programa%20de%20Gotha.pdf.